Altura esposa ti

Nelkenherz: parte 1/2

2020.05.15 06:47 DanteNathanael Nelkenherz: parte 1/2

NELKENHERZ


Las escaleras están frescas con heridas mientras sube escalón a escalón, poco a poco la obscuridad esclareciendo en sus viñetas oculares, volviendo a respirar con tranquilidad. Y aunque presentemente se encuentre solo, en su corazón lleva la compañía de todo el mundo.
La encuentra limpiando claveles en el estanque del jardín. Se pone de puntitas y trata de evadir las recientes flores y frutos caídos de las jacarandas que cubren la casa de la extraña lluvia tardía. Las obscuras ramas dibujan hipotrocoides en el aíre. Gorriones con la cabeza rojiza surfean el flujo etéreo que pasea sobre la ciudad, hacía el moribundo sol, la niebla ascendente pintada más y más de naranja en el horizonte hasta esfumarse en espirales concéntricos. . . . Pero antes de llegar a ella, ve la suavidad y lentitud con la que lava cada pétalo—del rojo pasan al rosa dentro del agua. A su lado apenas queda un par. Acercándose un poco más, las pieles de los irregulares pétalos revelan haber sido artificialmente teñidos con un rojo escarlata. Lentamente, todavía de puntitas, la abraza por detrás, un beso en la mejilla, un silencioso “ya estoy en casa, cuéntame.”
Termina de lavar los últimos claveles, los amarra en un ramo con la liga de su cabello, exdorado y cayendo en gravedad disminuida, seguramente por la presión atmosférica, y por fin le deja ver sus ojos, su mirada decaída. Una serie de jalones cardiacos le hacen instantáneamente besarle la frente y abrazarla. Pequeñas aglomeraciones de tristeza liquida empiezan a bajar por sus mejillas. Ambos se paran al mismo tiempo, petricor acercándose cada vez más. Deja que ella tome el ramo. Lo sostiene cerca de su pecho, manchando su azul uniforme. Caminan hacía la puerta trasera, entrando silenciosamente a casa.
La luz permanece apagada. A través del estudio hay veladoras que él empieza a encender, mientras ella regresa del almacén con un jarro acampanado de vidrio. Dentro de él coloca las flores, agua y unas cuantas lágrimas. Cuando la ultima veladora ha sido despertada, el pequeño cofre, Cuauhxicalco—que le sorprende aún funcioné después de tanto tiempo, especialmente al ser su primer proyecto de carpintería, regalo de su primer aniversario—ya descansa en sus blancas y temblorosas manos. Se acerca y le desabrocha el pequeño collar de oro del cual pende una pequeña llave con las letras vanvda en el cuerpo de esta, que ahora va clink, clink, para abrir y revelar múltiples chalchihuites, jades y serpentinas. De su bolsillo saca 3 jades. Las lágrimas dentro de él no pueden ser contenidas por mucho más tiempo, pero da su todo para seguir mirando en silencio. Ella toma un pétalo de clavel y envuelve una de las piedritas en él. Tan pronto como introduce las tres piedritas se deja caer, él apenas si la alcanza.
La sienta en el sillón de vinilo negro, su favorito, en la esquina del estudio. Toma otra silla y se sienta frente a ella. Después de un minuto, comienza a hablar.
“No fueron 3.”
“Oh. Gracias a Dios. . . .” La tristeza viene ahora a ser reemplazada por curiosidad. “¿Entonces por qué pusiste tres piedritas dentro del cofre?”
La lluvia llega al techo sobre sus cabezas. Su pequeño entra a la habitación, buscando a sus padres, extrañado de no haber escuchado el usual tumulto en la puerta delantera.
“Cuando me llamaste y dijiste que quizás tardarías un poco más, no pensé que fuera tan grave, Cariño.”
Las manitas del pequeño toman otra silla y la arrastra hasta quedar entre ellos. Despeja el cabello de sus ojos y se amarra su casi dorado cabello con una liga que siempre lleva en la muñeca. Su mirada revela entender lo que está pasando. Coloca una de sus manitas de porcelana en la pierna de mamá y la otra en la pierna de papá, y asiente gravemente, pidiendo que continúe.
Und ich gehör dir nicht zu.
Beide klagen wir nun.
¿Dijiste algo, Preciosa?” dice mientras pasea su trapo de derecha a izquierda sobre la blanca superficie moteada del mostrador, dejando un rastro húmedo—susurros narcolépticos de caracol. “¿Has estado leyendo tus poemarios de nuevo?”
“¡Yia! Pfugeljin.”
“¿Vögelchen?” una pequeña risa. “¿Y ahora por qué soy una pequeña ave? ¿Qué hice ahora?”
“Eeeees—“ acercándose hacía él, hasta dejarse caer sobre sus hombros, rodeándolo con sus suaves y cansados brazos, recostando su cabeza en palpitante pecho de su amado, para continuar “—porque eres el que me lleva al cielo en tus alas.”
Las ultimas tormentas han dejado de caer, aunque el hombre del clima, Don Eladio, alias “Hieladio,”avisó de un frente frío que llegaría del Norte por la tarde. El un poco oxidado gallo de los vientos, siempre anunciando en sutil canción la víspera del amanecer sobre el letrero de la florería, Nelkenherz en grandes letras serif rojas sobre un fondo blanco, avisa que el viento se acerca no desde el Norte, pero del Este.
En el encuadre se puede ver la parte baja del letrero de la tienda, del cual cuelgan cuatro bulbos geométricos, uno parpadeando, a punto de morir; ambos ventanales llenos de flores por detrás. Y la gran puerta de cristal-madera obscura, de la cual sale jovial, suelta y sonriendo naturalmente a quien pase Maxine Boan. La florería le pertenece a ella y a su esposo, Kelvin Antares. Las piernas del lucero de la calle Aloe se mueven de un lado para otro por debajo de su danzante vestido mientras recoge las restantes mesas que por la mañana estaban llenas de amapolas, lirios, petunias, girasoles, rosas, margaritas, geranios, hortensias, petunias, begonias, gitanillas, azucenas, nomeolvides y claveles—los primeros del año. La cámara no puede captar muy bien todo el rango de colores por la mañana, pero ya que es tarde, bajo la luz monótona, nublada, saturada, ella brilla en el centro de la película.
Un pequeño beep avisa que ya ha terminado de grabar. La guarda dentro de los tantos bultos de su chaqueta y se levanta de la silla frente a la florería. Todos esperan ya la lluvia, pero no viene . . . espera pacientemente en las alturas para dejarse caer.
La cita es alas 19:30, en la entrada a la Posada del Sol.
Realmente no sabe lo que está haciendo. Un amigo le había recomendado trabajar con Tomas Villacorta Jr. Desde hace un año. Era un trabajo simple como este: ir y tomar video de un grupo de amigos que siempre se reunía cerca de Plaza San Pedro. Cuando la noche caía, bajo el manto matrimonial del sol y la luna, de las estrellas y el smog, se acercaban más, pagándole a alguien en la iglesia para subir a la azotea, al Hospital Juárez. Allí llevaban un tipo de ritual para comunicarse con la Planchada. Habiendo contactado previamente a la Quemada unos días antes, que había revelado el nombre de aquel malvado italiano, pidiendo que le hicieran pagar por lo que hizo, pues así lo quería la Tierra.
“Deste gafe ni la Llorona sabe. Su crimen castigado verlo he. ¿Encontréis vosotros a V.? Diz que Planchada en vida fuera duno de su cuna amante.”
“¿Eulalia ‘La Planchada’ del Hospital Juárez?”
“Con ella averar.”
Así que lo hicieron. . . . Un poco.
La Planchada estaba demasiado cansada después de la pandemia que ocurrió hace unos años. Los pacientes necesitaban demasiada atención. Incluso tuvo que ir de paso a otros hospitales para suplir con la carga a los enfermeros espectrales que allí laboraban. En sus aventuras fuera del Juárez se encontró a varios fragmentos del alma de Nightingale trabajando horas extra. Historias fueron intercambiadas y pronto Eulalia se dio a conocer en todo el mundo fantasmal benigno. (Algunos dicen que incluso el maligno, pues se apareció el fantasma de un criminal, herido, una noche en la explanada del Juárez. Eulalia lo curo y lo cuidó sin dirigirle la palabra.) Esto hizo que se arreglara de nuevo el cabello y lavara sus ropas, por lo que cuando finalmente apareció, casi no la reconocieron. Era 12 de mayo. Se sentó con ellos.
Eulalia reveló el nombre de aquel muchacho que la engaño, dejándola atrás, sola. Huyendo con aquella que finalmente llamaría esposa . . . Teodoro V.
Los chicos desaparecieron uno a uno después de eso. Él nunca lo supo.
Pero el dinero escaseaba, y el trabajo del magnate transnacional era demasiado fácil como para que pagara $10000 . . . solamente por filmar por una semana a una reconocida pareja que vendía flores y nunca daño a nadie. Demonios, incluso él mismo había ido a comprarle flores ahí a ella . . . a ella . . . varias veces. . . . ¿Qué podría pasar?
En las puertas de la Posada del Sol lo esperaba un agente vestido de basurero—es eso . . . sí, dice “prohibido penetrar a personas no autorizadas:” nice—naranja como el metro, como el cuerpo de una pluma, estoico, llenando botes despintados y oxidados de una cantidad exagerada de basura para un disfraz. Le hizo una señal de que echará el instrumento en la basura.
Bajo la acera, dando la mejor impresión de desinterés que pudiera, y aventó todo junto dentro del bote de basura orgánica. El hombre le maldijo.
Antes de llegar a casa, por curiosidad pasó de nuevo por la florería. Maxine ya había recogido todo y se encontraba dentro. En su mano una taza que al beber de ella empeñaba sus lentes. Kelvin estaba terminando de merodear en la caja, un último click antes de acercarse a Maxine, quien instantáneamente sonríe viéndole a los ojos . . . ¿fue eso una patada? No puede ver muy bien desde ahí.
Recuerda que todavía lleva puesta el arrugado disfraz, desparramándose a los lados como una masa viscosa dejada mucho tiempo sobre la mesa. Se la quitó y la desechó en el cubo más cercano. Finalmente se arma de valor para ir a saludar a la pareja, que ya van un paso afuera de la florería. El cielo aún está gris, pero ni el viento ni la lluvia tienen la presencia que se esperaba. Cuando Kelvin apaga las luces, todos los colores de la calle Aloe se dispersan a los vientos como motas de polvo. Ni una herida traería un poco de color de vuelta.
“¡Memo!” salta Maxine. Su negro cabello lacio se alza y cae lentamente en ritmo con su vestido, resaltando la luminosidad de sus dientes, rodeados de un rojo natural. Se acuerda de ella. “¿Cómo has estado? Hace mucho que no pasas por la tienda. ¿Las cosas siguen mal?”
“Si. . . . No la he vuelto a ver desde el invierno. Navidad fue la última vez que estuvimos verdaderamente juntos, desde ahí he estado estático. No sé si—“
“Memo,” interrumpe Kelvin.
“Señor,” haciendo un pequeño saludo japones, sincero y automático, con los ojos fijos en el suelo.
“Me pareces un excelente chico, Memo. Desde que venías a comprarle ramos personalizados, desde la primera hasta la penúltima vez que entraste en esta tienda, pude ver en tus ojos cuanto la amabas. Ah, no solo en tus ojos, todo tu ser rebosaba de amor, de energía.” Una pequeña pausa, sus pupilas brillantes, buscando qué decir, le dan la vuelta al mundo.
“Es repentino,” voltea a ver a su esposo, que le da el si con la cabeza. “¿No gustarías acompañarnos un poco a la casa? Me gustaría saber qué está pasando contigo y con . . . ella.”
“No se preocupe, puede nombrarla.”
“—con Claire.”
“Por supuesto, no tengo nada más que hacer por hoy.”
Después de 5 calles y 2 vueltas, subiendo las escaleras verdeas, las que si tienen barandal, llegan a una grandiosa reja que tiene las letras A&B en la cúspide, sobre las cuales descansa una corona de flores. Todo el trabajo de hierro parece estar hecho a base de gigantes flores petrificadas.
Guillermo mira su reloj . . . se le hunde el pecho. Ya es un poco tarde, pero ya no hay una razón por la cual llegar a casa lo antes posible. Comprará la cena en el camino de vuelta . . . y una botella de ron.
Adentro va Maxine, luego Guillermo y finalmente Kelvin, quien cierra la puerta tras de sí. Dentro de los umbrales de la casa, Guillermo puede ver claramente una distinción entre aquel lugar y el mundo exterior. Todo huele a paz, el peligro ya no sabe en su boca. ¿Es esto lo que es un hogar? Su pecho se hunde todavía más. Trata de que los recuerdos de un futuro imposible ahora no le llenen los ojos, desbordando todo aquello que no dice, el dique de su escasa seguridad llevado a un punto crítico. La humedad derrumbándose lentamente sobre su cara lo llevará de nuevo a la orilla del mar donde la conoció. Sabe que cada vez que lo hace, la brisa de barre su corazón con bruma algún día lo convertirá completamente en un bloque de sal, uno que todas las empresas que lucran con la insoportable inaceptabilidad de una partida, esperando en los valles emocionales donde la obscuridad es más densa, más pesada, que se pega a la piel, exprimirle todo hasta convertirle en un fantasma que recurre a la pornografía, el alcoholismo, la putería, para seguir huyendo . . . pero nunca podrá huir de nada. Y lo sabe. La promesa de amanecer en otro día más brillante, apenas consciente, con la boca seca y una resaca, siempre termina por llevarlo a un día todavía mas obscuro, donde el sol sigue brillando igual pero lo siente cada vez menos. Los horizontes a los que quiere llegar son solo los bordes de su tumba, y cada vez que cierra los ojos, la única luz que hubo en su vida, la única que dejó entrar, va rondando en el laberinto de su tragedia, sin parpadear . . . ni sus parpados lo protegen de notar su ausencia. . . .
. . . y Maxine lo abraza sin dudar. Finalmente llora. Kelvin entra para preparar la sala.
En los lapsos que puede abrir los ojos, un poco distorsionadas por el mas acuoso, puede ver muchas flores y cajas, cajas grandes, apiladas por doquier.
Maxine lo sienta a su lado en el sillón más largo, dando de frente a la apenas usada chimenea. “Deja salir todo,” le dice.
Kelvin cena solo. Deja preparados otros 2 platos y sube a realizar una llamada. Aún cuando Guillermo ya ha dejado de llorar, La voz, con un tono de emoción igual al que cuando empezó, puede oírse todavía.
“Así que eso paso. . . .”
“Ya han pasado tantos días y todavía la extraño.”
“No importa,” Maxine con una sonrisa. “La verdad solo la extrañas porque le daba estabilidad a tu vida. Desde que se fue, nada ha sido lo mismo—¿cierto?—pero no tiene que serlo. Las cosas deben de mejorar. Y todo, especialmente el amor, se da de forma natural. Me contaste que incluso has rechazado a algunas personas por ella. Bueno, me parece que es porque crees que no eres digno de nadie, le tienes miedo a demostrarle a otras personas lo que realmente eres. Pero dime, ¿te has sentido mejor por rechazarlas? Quizás sientas que estás siendo responsable al no entrar en una relación, pero, querido, no lo estás siendo. Vales muchísimo como para que sigas huyendo de tomar responsabilidad de ti mismo, Sabes que tu corazón quiere amar, pero lo único que haces cuando se presenta ese amor es huir, llenándote la cabeza de mil cosas. No retrases lo inevitable, no quiero que te hagas daño.
“Pero ah, hermoso, mírate. Realmente mírate. Estás así por alguien que ya no está. Tu amor es muy grande. Tiene una fuerza inmensa. Ocúpalo en ti mismo y en alguien que realmente quiera lo mejor para ti. Quizás pienses que no es así, pero encontrarás a alguien que te ame, que pueda ver a través de todo lo que escondes, directo al tesoro de tu alma. Y ni tu pasado ni tus miedos le van a importar, por que está ahí no solo para amarte, también para enseñarte todas las cosas que hay por amar en ti: cuando la veas sonreír, cuando le haya contado a alguien de ti y al presentártelos digan ‘¡Memo! es un placer conocerte,’ cuando duerma tranquilamente en tu pecho y te diga con toda seguridad que tú eres lo que ella quiere. Y cuando menos te des cuenta, tu corazón habrá sanado, y ella te tratará igual, pero ahora estará aliviada de que puedes por fin verte como ella te ha visto desde el principio. Y no es que no vea toda la obscuridad en tu corazón, no es que sea ciega a ella, a veces, cuando no la veas, tendrá miedo, pero sus ojos brillarán de nuevo, pues sabe que eres realmente aquél que brilla por debajo de toda esa obscuridad.”
Antes de que la sonrisa de Memo se transformara en llanto, Kelvin baja al fin, sus pasos resonando en la escalera, pues baja dando brinquitos.
“¿Ya?” le pregunta a Maxine. Ella asienta. “Bueno, toma,” le dice a Guillermo, alargando el teléfono del cual ya cuelga una pila portátil.
“Amm . . . ¿yo?”
“¿Quién más, campeón?”
“Ah, uhhh, ahhhh . . . okay . . .” se pega el teléfono a la oreja. “¿Bueno?”
“Holaaa, ¿Memo?” Al oír aquella voz, el corazón de Guillermo empieza a latir de otra manera, no con ansiedad, pero con emoción.
“S-s-¿si?”
“Un placer Memo. Me llamo Eurus y—“
“¿Crees que estará bien? Eurus lleva mucho tiempo queriendo conocerlo.”
“Lo hará. Nuestra niña es la mejor.”
Cuando bajan de nuevo, la llamada todavía sigue su curso.
“—si solamente la buscas cuando estás triste, no la amas. Definitivamente extrañas la seguridad que te daba. Es más fácil regresar a lo que eras antes, porque así ya nadie podrá juzgarte por lo que eres realmente, temes abrirte con alguien más, porque como dijo mamá, crees que no te amaran. Bueno, Cariño, la realidad es que muchos y muchas te han amado, pero en tu necedad, has cerrado la puerta por un amor oxidado, que ya ni es cenizas, es carne muerta, y te vas a pudrir con ella si sigues aferrado.”
Al llegar a casa, ya muy de madrugada, Guillermo. . . . Bueno, la conclusión lógica entonces es que realmente amas a quien buscas cuando estás feliz, ¿no? . . . Guillermo estaba muy feliz. Y no podía dejar de pensar en Eurus.
. . .
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2019.12.18 02:29 Dragonlibro_Patata (我欲封天 / I Shall Seal the Heavens) Sellaré el Cielo C3 "Promoción a la Secta Externa "

Se han acostado temprano. ¡Ahora es hora de despertarse para el abuelo Tigre!” La puerta se estremeció cuando se abrió, y un hombre alto y fuerte entró vestido con una túnica de sirviente. Miró con ferocidad a Meng Hao y al adolescente gordo.
‘’A partir de hoy’’ dijo enfadado, ‘’ustedes dos bastardos cortarán diez árboles por día para mí, cada uno. De lo contrario, el abuelo Tigre los desollará vivo’’.
“Saludos, Abuelo Tigre”, dijo Meng Hao, alejándose de la cama y parándose allí nerviosamente. ‘’Tal vez podría calmarse un po…’’ Antes de que pudiera terminar de hablar, el hombre grande fijó sus ojos en él.
“¡Calmarme una mierda! ¿Crees que estoy hablando demasiado alto?
Mirando su feroz porte y su gran estatura, Meng Hao vaciló y luego dijo: “Pero… el Hermano Mayor a cargo de los sirvientes ya nos asignó cortar diez árboles por día”.
‘’Entonces, corta diez extra para mí’’ dijo con un furioso suspiro.
Aunque Meng Hao no dijo nada, su cerebro daba vueltas. Acababa de llegar a la secta Inmortal, y ya estaba siendo intimidado. No quería ceder, pero el hombre era tan grande y fuerte, y él era claramente demasiado débil, incapaz de luchar. Luego echó un vistazo a la mesa, y notó las marcas de la mordedura. Pensando en lo fuerte que el adolescente gordo había sido en las garras de su sonambulismo, tuvo un destello de inspiración. De repente gritó al adolescente regordete dormido.
“¡Gordito! ¡Alguien está robando tu mantou y tu chica!
Tan pronto como las palabras salieron de su boca, el adolescente gordo se sentó, los ojos cerrados, gritando, su rostro retorcido con salvajismo furioso.
“¿Quién está robando mi mantou? ¿Quién está robando a mi esposa?’’ gritó saltando de la cama. ‘’ ¡Te voy a pegar hasta la muerte! ¡Te morderé hasta la muerte!” Empezó a golpear aleatoriamente alrededor de la habitación. El hombre grande miró fijamente en estado de shock, luego dio un paso adelante y se preparó para abofetear al muchacho.
“¡Te atreves a gritar en frente del Abuelo Tigre!” Su bofetón aterrizó en la cara del chico, pero entonces el hombre grande gritó. El adolescente gordo, con los ojos cerrados, había mordido el brazo del hombre. No importa cómo el hombre sacudiera el brazo, el muchacho se negó a soltarlo.
“Deja de morderme, maldita sea. Deja de morder.” Este hombre era un sirviente, no un cultivador. Había sido un sirviente durante mucho tiempo, y su cuerpo era fuerte, pero el dolor le había hecho estallar en sudor frío. Le dio un puñetazo y patadas, pero no pudo hacer que el adolescente gordo aflojara la mandíbula ni siquiera un poquito. Cuanto más duro golpeaba, más profundamente el niño mordía. La carne del hombre estaba destrozada, y parecía como si un pedazo estuviera a punto de ser arrancado.
Sus gritos llegaron hasta afuera, de tal manera que otros comenzaron a notarlo. Una voz fría gritó.
‘’¿Cuál es el alboroto?’’
Era la voz del joven cara de caballo. Tan pronto como el hombre lo oyó, comenzó a temblar de miedo. A pesar del horrible dolor que le torcía el rostro, dejó de gritar.
‘’No es una buena idea molestar al hermano mayor a cargo de los sirvientes’’ dijo el gran hombre precipitadamente. “No hay ningún beneficio en continuar con esto. ¡Rápido, deja de morderme! No necesito los diez troncos.
Meng Hao nunca imaginó que el estado de sueño del adolescente gordo sería tan intenso, y también quería detener la situación. Se acercó y le dio una palmadita al adolescente gordo, luego le susurró al oído.
‘’El mantou está de vuelta, y también tu chica.’’
El joven de repente se relajó y soltó su mandíbula. Aún golpeando el aire, volvió a su cama, su rostro cubierto de sangre, luego cayó de nuevo a dormir.
Dando otra mirada nerviosa hacia el adolescente gordo, el hombre grande se fue sin decir otra palabra.
Meng Hao permaneció allí un momento boquiabierto, admirando al adolescente gordo, luego volvió a la cama con el mayor cuidado y volvió a dormir.
A la mañana siguiente al amanecer.
Cuando el sol de la mañana llenó el cielo, el sonido de las campanas llenó el aire. Parecía llevar consigo un extraño poder; en el momento que las personas lo escuchaban, despertaban y comenzaban su trabajo. El adolescente gordo se despertó. Miró hacia abajo mudo a las marcas de su cuerpo. Se tocó la cara.
“¿Qué paso anoche? ¿Por qué me duele todo el cuerpo? ¿Alguien me golpeó? ”
Meng Hao se vistió en silencio durante un rato antes de hablar.
“No pasó nada. Todo parecía normal.’’
“¿Cómo es que mi cara se siente hinchada?”
‘’Tal vez sea mosquitos.’’
‘’Entonces, ¿cómo es que mi boca tiene sangre?’’
“Te caíste de la cama anoche. Muchas veces, de hecho. ’’ Meng Hao abrió la puerta y salió, luego se detuvo y miró hacia atrás. ‘’Mira, gordito’’ dijo en un tono serio, ‘’necesitas amolar tus dientes con más frecuencia, afilarlos.’’
“¿Oh? Mi papá solía decir lo mismo “, dijo sorprendido, poniéndose cuidadosamente su túnica.
Meng Hao y el adolescente gordo salieron a la luz del sol y comenzaron su vida como sirvientes en la Secta Confianza, cortando árboles.
Cada uno de ellos era responsable de diez árboles. Alrededor del Cuartel de Sirvientes del Norte, las laderas salvajes estaban cubiertas de árboles. Aunque los árboles no eran grandes, eran muy densos y se extendían como un océano hasta donde el ojo podía ver.
Llevando su hacha de sirviente, Meng Hao se frotó el hombro. Su brazo se sentía entumecido y doloroso. El hacha era pesada. A un lado, el adolescente gordo jadeaba mientras subían. Eventualmente, encontraron un área adecuada, y el sonido de hachazos gradualmente sonó a medida que comenzaron a trabajar.
“Mi papá es muy rico.” Dijo el adolescente gordo con una cara larga. Levantó el hacha. “Voy a ser muy rico también. No quiero ser un sirviente… Estos Inmortales son extraños, y tienen magia. ¿Para qué necesitan fuego? ¿Y por qué nos necesitan para cortar árboles para ellos?
A diferencia del charlatán adolescente regordete, Meng Hao estaba demasiado cansado para hablar. El sudor se desprendía de él como la lluvia. Debido a su pobreza en el condado de Yunjie, no había podido comer mucha carne y, como tal, su cuerpo era débil. No tenía mucha energía. Después del espacio de tiempo que se tarda media varilla de incienso en quemarse(En esta novela, y en la mayoría de novelas chinas, utilizan métodos poco convencionales para medir el tiempo, nunca se refieren a minutos, horas o segundos. Más adelante van a ver lo creativos que son para medir el tiempo. Una varilla de incienso normalmente se demora 20 o 30 minutos en quemarse completamente), se apoyó contra un árbol, respirando pesadamente.
Miró al gordo adolescente, que, aunque estaba tan cansado que temblaba, continuó maldiciendo bajo su aliento y cortando el árbol. Era más joven que Meng Hao, pero mucho más fuerte.
Meng Hao sacudió la cabeza amargamente y siguió descansando. Sacó el Manual de Condensación Qi y lo examinó de nuevo. Siguiendo la descripción en el manual, intentó sentir la energía espiritual del Cielo y la Tierra.
El tiempo pasó, y pronto fue el atardecer. En su día de trabajo, Meng Hao había logrado cortar dos árboles. El adolescente gordo había logrado cortar ocho. Juntándolos juntos, era suficiente para que uno de ellos comiera. Ellos consultaron un poco, y luego el adolescente gordo fue a buscar algo de comida que los dos compartieron en su habitación. Luego se quedaron dormidos, agotados.
Con el tiempo, los ronquidos del adolescente gordo llenaron la habitación, y Meng Hao luchó para sentarse, sus ojos llenos de determinación. Ignorando su hambre y agotamiento, recogió el Manual de Condensación Qi y comenzó a leerlo de nuevo.
“Cuando solía estudiar para los exámenes, por lo general me quedaba leyendo hasta el amanecer. Estoy acostumbrado a tener hambre. En cuanto a mi vida ahora, puede ser agotador, pero al menos tengo un objetivo. Me niego a creer que después de fracasar en los exámenes imperiales, fracasaré en la cultivación.” La persistencia obstinada brilló en sus ojos. Bajó la cabeza y comenzó a estudiar.
Continuó hasta tarde en la noche, hasta que finalmente se quedó dormido, aunque cuando fue exactamente eso, no lo sabía. Mientras dormía, sus sueños estaban llenos de pensamientos de sentir la energía espiritual del Cielo y la Tierra. Las campanas lo despertaron por la mañana. Abrió los ojos inyectados en sangre, bostezó y se levantó de la cama. Luego, junto con el enérgico adolescente regordete, volvió a cortar madera.
Un día, dos días, tres días… el tiempo continuó hasta que pasaron dos meses. La capacidad de tala de Meng Hao creció lentamente hasta que pudo cortar cuatro árboles en un día. Pero, la mayor parte de su tiempo lo dedicó a tratar de captar el significado de la energía espiritual. Sus ojos se volvieron más y más rojizos por el cansancio. Luego, una tarde alrededor del atardecer, mientras él se sentaba jadeando en la meditación, su cuerpo de repente vibró, y sintió un entumecimiento repentino en sus miembros. Entonces, parecía como si un diminuto fragmento de Qi invisible se condensara dentro de su carne y sangre, luego se filtrara fuera de su cuerpo.
Después de eso, sintió que un filamento de energía espiritual aparecía dentro de él. Desapareció casi al instante, pero Meng Hao abrió los ojos con entusiasmo. Su agotamiento desapareció, y sus ojos rojizos se volvieron más blancos. Su cuerpo temblando, se aferró al Manual de Condensación de Qi. No había comido ni dormido mucho en los últimos meses. Aparte de cortar árboles, pasaba casi todo su tiempo en la energía espiritual, y ahora, al fin, tenía algunos resultados. Se sentía lleno de poder.
El tiempo pasó en un instante, dos meses, y ahora era el octavo mes del año, el verano. La luz del sol cayó del cielo.
“Condensar el Qi en el cuerpo, fundirlo y dispersarlo, abrir los vasos sanguíneos y los pasajes Qi, resonar con el cielo y la tierra.” Era mediodía en las profundas montañas cercanas a la Secta Confianza. Meng Hao usó una mano para alimentar la hoguera delante de él, y la otra para sostener el Manual de Condensación Qi, que estudiaba atentamente.
Cerró los ojos por el tiempo que tarda en quemarse un palo de incienso, percibiendo el delicado filamento de Qi dentro de su cuerpo. Este era el Qi que había aparecido hace dos meses, y Meng Hao lo consideraba un tesoro. El filamento era claramente mucho más grueso ahora. Utilizando la mnemotécnica y la técnica de circulación descrita en el manual, se sentó en meditación, permitiendo que la hebra Qi se moviera alrededor de su cuerpo.
Después de un corto tiempo, Meng Hao abrió los ojos y vio al adolescente gordo que se acercaba rápidamente, llevando su hacha.
‘’Bueno, ¿cómo va?’’ resopló el adolescente gordo mientras corría. Aunque era gordo, su cuerpo era fuerte.
“Todavía no puedo diseminarlo a través de todo mi cuerpo” dijo Meng Hao con una carcajada. “Pero estoy bastante seguro de que dentro de un mes, podré llegar a la primera etapa de Condensation Qi.” Convicción llenó su actitud.
“Lo que quería decir era, ¿cómo está el pollo?” Se lamió los labios mientras miraba la fogata.
‘’Ah, casi hecho’’ dijo Meng Hao, también lamiéndose los labios y tirando de la rama que había estado usando para alimentar el fuego. El adolescente gordo usó su hacha para cavar a través del suelo y sacar el pollo. Estaba completamente preparado ahora.
Un aroma fragante llenaba el aire. Separaron el pollo a la mitad y empezaron a engullirlo.
‘’Desde que fuiste capaz de conseguir algo de energía espiritual’’ dijo el gordo adolescente, con los labios cubiertos de grasa, ‘’has podido atrapar pollos salvajes. En comparación con ahora, los primeros dos meses aquí eran como una pesadilla…” Esta era su nueva práctica, para halagar a Meng Hao.
“Mucha gente consigue comida en la naturaleza, simplemente no lo sabes, eso es todo.” Mientras Meng Hao hablaba, él tomó un mordisco de una pierna de pollo, haciendo su discurso un poco confuso.
“Ai, si realmente alcanzas el primer nivel de Condensación de Qi la próxima semana y te conviertes en un discípulo de la Secta Externa”, dijo el adolescente gordo, su cara amarga, “entonces ¿qué haré? No entiendo ninguno de esos mnemónicos. “Miró a Meng Hao expectante.
“Mira gordito, la única manera de que llegues a casa es si te conviertes en un discípulo de la Secta Externa”, dijo Meng Hao, dejando caer la pierna de pollo y mirándolo a los ojos.
El adolescente gordo se sentó en silencio durante un rato antes de asentir decidido.
Seis días pasaron volando. Era de noche. El adolescente gordo ya estaba dormido, y Meng Hao se sentó con las piernas cruzadas en su habitación, meditando. Pensó en cómo aparte de cortar leña, había pasado todo su tiempo estos últimos tres meses en detectar energía espiritual. Pensó en dos meses atrás, cuando el filamento de Qi se había movido por primera vez dentro de él. Respiró profundamente, cerrando los ojos y haciendo que la corriente de energía espiritual circulara por todo su cuerpo. Entonces, un fuerte sonido reverberó en su cabeza. Hasta ahora, había sido incapaz de dispersar el Qi en todo su cuerpo. Pero justo ahora, lo había conseguido, difundiendo el Qi en cada rincón de su cuerpo. Sentía como si su cuerpo flotara.
En el mismo momento en que Meng Hao logró el primer nivel de Condensación de Qi, el joven cara de caballo sentado en la piedra grande fuera lentamente abrió sus ojos. Miró en dirección a la casa de Meng Hao, luego volvió a cerrar los ojos.
Al amanecer, bajo los ojos envidiosos de todos en el Cuartel de Sirvientes del Norte, Meng Hao salió de la habitación que había sido su casa durante los últimos cuatro meses. Se paró frente al joven con cara de caballo.
El adolescente gordo no vino con él. Permaneció en la puerta mirando a Meng Hao, la determinación llenaba sus ojos.
“Alcanzaste el primer nivel de Condensación de Qi en cuatro meses. Tú no eres muy destacado, pero tampoco estúpido. El joven cara de caballo lo miró, su expresión ya no estaba fría. Con calma, dijo: “Ahora que vas a la Secta Externa, debo explicarte las reglas allí. Cada mes, se distribuirán Piedras Espirituales y pastillas medicinales, pero no está prohibido tomar las cosas por la fuerza de los demás, o hacer pandillas. Hay un Área Pública allí que algunas personas llaman la Zona de Matanza. Tú… tendrás que cuidar de ti mismo.’’ Cuando terminó de hablar, levantó la mano derecha, con lo cual una tablilla de jade salió disparada y se posó frente a Meng Hao. Él la agarró.
“Imbuye energía espiritual en esa tablilla de jade y te llevará al Pabellón del Tesoro en la Secta Exterior. Ahí es donde registrarás tu promoción. El joven cara de caballo cerró los ojos.
Meng Hao no dijo nada. Haciendo un saludo de puños cerrados, se volvió y miró al adolescente gordo. Se miraron por un momento, y Meng Hao sintió que la emoción brotaba en su corazón. Eligió no pensar en ello. Apretó la tablilla de jade, lo cual hizo que brillara con una luz verde, y gradualmente flotara hacia adelante.
Meng Hao la siguió, dejando lentamente el Cuartel de los Sirvientes.
Caminó por un camino estrecho que se alejaba de la puerta principal y se alejaba cada vez más hacia el pie de la montaña. Eventualmente llegó a un área en la que nunca había estado durante los últimos cuatro meses.
La Secta Confiaza estaba compuesta por cuatro montañas principales, con picos este, oeste, norte y sur, respectivamente. Alrededor de ellos había inmensas cadenas montañosas que parecían no terminar nunca. En la mitad del camino hacia arriba cada montaña tenía un Cuartel de Sirvientes. Meng Hao había sido asignado al Cuartel de Sirvientes del Norte en la Montaña del Norte. El camino más arriba estaba protegido por hechizos defensivos. Más allá de ellos vivían los discípulos de la Secta Interior y los ancianos.
Cada una de las cuatro montañas era así. En cuanto a la zona plana entre ellas, estaba llena de innumerables casas habitadas por la secta Externa de la Secta Confianza.
En este sentido, la Secta Confianza era ligeramente diferente que otras sectas. La Secta Externa estaba situada al pie de la montaña, mientras que los criados vivían a mitad de camino. Esta era una regla de la secta creada por razones desconocidas por el Patriarca Confianza.
Desde lejos, toda la zona parecía estar llena de niebla. Sin embargo, al pisar un pie en la niebla desaparecía. Delante de él se extendía una escena de balaustradas talladas y escalones de mármol, de elevados edificios y caminos pavimentados con piedra verde. Los discípulos de la Secta Externa se apiñaban usando trajes verdes. Algunos de ellos notaron a Meng Hao mientras pasaba.
Algunos de ellos le lanzaron miradas despectivas que carecían incluso de la más mínima buena intención. Se sentía como si estuviera siendo observado por bestias salvajes, lo que le hizo recordar lo que el Hermano Mayor cara de caballo había dicho acerca de la Secta Externa.
No mucho después, llegó a un edificio negro en la sección sur de la Secta Exterior. Tenía tres pisos de altura y, a pesar de ser negro, parecía haber sido tallado en jade, y casi parecía ser transparente.
Cuando Meng Hao se acercó, la puerta principal del edificio se abrió sin ruido y salió caminando un hombre de mediana edad. Llevaba una túnica larga de color verde intenso, y una expresión astuta cubría su rostro. Levantó su mano derecha en un movimiento de agarre, y la tablilla de jade voló a su mano. La miró y empezó a hablar lánguidamente:
“Meng Hao ha sido promovido a la Secta Externa. Se le hará entrega de una casa, una túnica verde, una tableta espiritual y una bolsa infinita. La tableta espiritual puede ser usada para entrar en el Pabellón del Tesoro para reclamar un objeto mágico.” Él agitó su mano derecha, y una bolsa gris apareció en las manos de Meng Hao.
Miró la bolsa gris por un momento, luego pensó en uno de los discípulos de la Secta Externa que había pasado en su camino. Ese hombre tenía una bolsa como ésta colgando de su cintura.
El hombre de aspecto astuto miró a Meng Hao, y pudo decir instantáneamente que no estaba familiarizado con los modos de la Secta Externa. De lo contrario, ¿cómo podría no estar familiarizado con una bolsa infinita? Sintiéndose un poco mal por él, dijo fríamente: “Al imbuir la bolsa con energía espiritual, puedes meter muchas cosas en ella”.
Habiendo oído esto, Meng Hao imbuyó la bolsa con una cantidad considerable de energía espiritual. Se hizo borrosa, y luego vio un espacio dentro de la mitad del tamaño de una persona. Allí, pudo ver una túnica verde, una tablilla de jade y otros objetos.
En este punto, su interés era bastante. Esta bolsa infinita debe valer por lo menos un centenar de oro. Era claramente el producto de manos inmortales.
Se concentró, y la tablilla de jade apareció de repente en su mano. Concentró su atención aún más y encontró que dentro de la bolsa había un mapa del Cuartel de la Secta Exterior. En un rincón remoto estaba su casa.
‘’Mirala más tarde’’ dijo el hombre de aspecto astuto fríamente. “El Pabellón del Tesoro está abierto y aún no has entrado”.
Meng Hao alzó la cabeza y metió la bolsa en su túnica. Mirando la puerta abierta del Pabellón del Tesoro, aspiró profundamente y entró, lleno de anticipación.
Tan pronto como entró, su expresión cambió, y se quedó sin aliento
(Continuará...) Si no quieres esperar, lee más gratis en Bookista @ Google Play.
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2019.04.23 07:40 Samuel_Skrzybski STEEL HEARTS - PRÓLOGO

Uma nota pré-texto, apenas para situar melhor o leitor: na primeira parte do prólogo, que começa em "Em um dia, ele acordou diferente do seu jeito de sempre acordar", o personagem em questão é o nosso protagonista, Saravåj. Já na segunda parte, que começa a partir de "Em um dia, ele acordou como sempre costumava acordar", o personagem muda e passa a ser o rei da Pasárgada, Matiza Perrier. O prólogo é um contraponto entre os dois, embora o faça sem citar nomes. E se você não entendeu nada a respeito do que eu falei até aqui: dá uma olhada na introdução de Steel Hearts, se quiser, que tá linkada ai em cima.
Enfim, boa leitura! :)
[EDIT: Eu usei o underline para iniciar os diálogos porque o Reddit reconhece o travessão como marcador de tópico.]
Em um dia, ele acordou diferente do seu jeito de sempre acordar.
Ele sentiu a luz do sol em seu rosto, anunciando que a escuridão da noite já havia passado e que o céu era claro mais uma vez. Os seus sentidos despertaram pouco a pouco, como os de quem acorda de um coma após uma década de inatividade. Em um suspiro profundo, pôde sentir o odor de móveis velhos daquele quartinho arranjado e exíguo, mas inegavelmente organizado com maestria milimétrica em cada mínimo detalhe por ele próprio. Confirmou para si mesmo que estava, de fato, vivo.
Vagarosamente, os seus olhos também ganharam vida. Assim que o seu par de olhos se abriu pela primeira vez naquele dia, sua íris castanho-claro focou, sem se mexer um milímetro para a direita, sem se deslocar um milímetro para a esquerda, em uma tábua que estava fora do lugar no teto de madeira bege-clara de seu cubículo. Lhe incomodava demasiadamente aquela quebra abrupta no padrão de tábuas alinhadas e retilíneas. Namorou aquele lasco de madeira solto durante infinitos minutos. À essa altura, seu mecanismo interno também começou a funcionar e debutou a processar informações.
Ele planejou mil e uma formas de solucionar este problema que tanto lhe afligia, com a pia e ridícula convicção de que, quando tornasse àquele mesmo panorama quando o breu noturno caísse novamente, aquela tábua defeituosa continuaria ali, sem sequer ser tocada por um dedo que fosse. Talvez por cansaço físico e mental dele. Talvez por sua própria incapacidade de tecer um projeto suficientemente perfeito para dirimir o que lhe amorfidava. Ou, talvez, por não ser nada além de uma tábua antiga e quebrada. Até que, por fim, ele se concentrou exclusivamente no melódico canto dos pássaros que vinha do lado de fora. Dos presentes da natureza que ele recebia por morar naquele recinto, sem dúvida, a música dos pardais era o mais belo e mais agradável de todos.
Por todos os deuses e deusas do cosmo! Os pássaros! Os pardais-espanhóis!
Ele se levantou violentamente, repelindo para longe a sua coberta, o seu travesseiro e todo empecilho que estivesse em seu caminho, como se estivesse no ápice de sua energia diária, e se colocou, em questão de segundos, na frente da imensa janela de vidro que se localizava estrategicamente na dianteira de sua cama.
Esfregou os olhos. Depois os arregalou. Repetiu o processo algumas vezes.
Quem se colocava, como ele, à frente daquela majestosa janela, tinha uma visão privilegiada de uma enorme figueira que existia naquele vilarejo. Chamava a atenção, ao primeiro olhar, pelo tamanho. Não poderia ser diferente. Aquela árvore era um verdadeiro gigante. Ao mesmo tempo, era uma figueira muito velha, é verdade. Já deveria estar gozando da terceira fase de sua vida. De seus dois mil anos, no mínimo. Seus galhos já eram totalmente retorcidos. Sua raíz era grossa e invadia o solo que lhe rodeava, como um monstro botânico que tenta alcançar a superfície. Contudo, em contraponto, as suas folhas reluziam a vida. Todas elas. O pigmento verde-esmeralda destas era o mesmo de uma plantinha que acabara de desabrochar. Todo o seu caule era consistente e forte, sustentando com exuberância todos os seus inúmeros galhos. Seria uma calúnia atroz afirmar que, mesmo que de muito longe, se tratava de um mero agigantado pedaço de madeira oco e sem vida. Nos pés do caule da monumental figueira, existia uma pequena placa pregada junto à árvore, também de madeira, mas em tom muito mais claro. Nela, lia-se a frase em latim "Hic insignis femina forti ager deambulavit in terra" em letras garrafais, mas visivelmente pintadas com uma tinta branca ralé e desbotada, tornando as inscrições apagadas pelo efeito do tempo praticamente ilegíveis.
Todavia, ele não estava lá para endeusar aquela dádiva da mãe-natureza. Os seus olhos tinham outro eixo. Naquela árvore, muito além da fitologia e de toda tonalidade verde-vivo que lhe envolvia, existia uma verdadeira sociedade de pardais-espanhóis. Haviam vinte ou trinta famílias de pardais que levavam suas vidas nos galhos daquela grandiosa figueira já há anos. Todos eles, passarinhos miúdos, ariscos e ligeiros, características naturais de sua espécie, que levavam em suas penas tons que variavam de marrom-escuro até colorações mais acinzentadas.
Na árvore, se organizavam como se houvesse um contrato social entre eles. Como se os pardais fossem, de fato, seres pensantes, dotados de raciocínio lógico e com a capacidade de agruparem-se em um meio social concreto, previamente definido por regras a serem seguidas por todos. A figueira era a estalagem. Cada galho, uma residência. Não haviam duas ou mais famílias de pardais por galho. Em todos os ramalhos que se fragmentavam do caule, existia somente um ninho de pardal-espanhol, como se todos eles concordassem que aquele era o número ideal de famílias por galho. No raiar do dia, os pássaros se agitavam, aforando os ouvidos de quem quisesse ouvir com a sua graciosa música inerente. Neste átimo, o pássaro-mor de cada ninho voava pelo horizonte, em busca do sustento de sua parentela. E ao final do entardecer, retornava ao seu lar, socializando com os seus os ganhos do dia. Desta forma, aquele agrupamento de pardais engrenava. E só seria uma indiscutível violação de juramento afirmar que a subsistência dos pardais-espanhóis na figueira era, efetivamente, próspera, por efeito do vilão da estalagem. Um abutre.
De corpo robusto e de asas de envergadura majestosa, tinha dez, vinte, trinta, quarenta, cinquenta vezes o tamanho de qualquer pardal-espanhol. Era um autêntico ogro ao lado de um pardalzinho. E, ao contrário da prevalência dos membros de sua espécie, não era de aparência macabra. A plumagem de seu tronco era marrom-clara, como a das águias. E a sua coroa não era pelada, como a maioria dos abutres, que mais se assemelhavam a um morto-vivo do que a uma ave. Continha penas brancas como a neve em seu crânio. Também tinha em seu arsenal de combate garras afiadas como agulha de alfaiate, um bico longo e pontudo e um olhar que imporia pavor até mesmo em um Argentavis. O abutre lembrava muito mais uma ave de rapina do que um urubu. Localizava-se sempre no ponto mais alto da figueira, como a estrela de Belém em uma árvore natalina.
O abutre, sem dúvidas, era o amo daquela sociedade. O dono. O rei. Todos os pardais-espanhóis se viam fracos e indefesos diante de uma ave tão superior em tamanho e em força e se curvavam diante do abutre, ainda que mordendo a língua de desgosto. De todos os pássaros da figueira, o abutre era o único que não se aventurava no mundo além daquela lendária árvore em busca da sobrevivência diária. Muito pelo contrário: agia como um cobrador. Durante todo nascer do sol, sem feriado nem dia santo, o abutre voava de galho em galho, de residência em residência, de família de pardalzinho em família de pardalzinho, tomando para si uma parcela das sementes, grãos, cereais e pedaços de legumes que as famílias de pardal haviam faturado no dia anterior. Na maioria das vezes, era a metade. Por algumas vezes, entretanto, o abutre não fazia economias e se apoderava de mais - e muito mais - da metade dos alimentos de um ou outro ninho de pardal-espanhol, deixando estes reféns de sua própria sorte, suplicando aos deuses para que naquele dia o saldo alimentício do chefe da família fosse dobrado. Em troca desta colaboração forçada, os pardais-espanhóis não recebiam absolutamente nada. Nem proteção do abutre. Nem nada que dependa da solicitude do malévolo pássaro-rei. Não era justo. Mas "realidade" e "justiça" são palavras que raramente caminham de mãos dadas. O medo que os frágeis pardais tinham do abutre, tão corpulento, tão vasto, tão amedrontador, impedia-os de organizar uma revolta contra aquele pássaro das trevas. Era parte da rotina ceder metade dos seus lucros, sem mais nem menos, ao seu próprio carrasco.
E assim a sociedade de pássaros que vivia naquela louvável e anciã figueira funcionou durante muito tempo.
Até aquele dia.
Naquela manhã, tudo foi diferente.
O abutre deu início à arrecadação do alquilé dos pardais, como o de costume. Até que, após confiscar para si alguns pequenos grãos e sementes sem imprevistos, voejou até um galho que se localizava em um dos pontos mais altos do lado esquerdo da figueira.
Ali residia um pardal-espanhol solitário. Não tinha família. Morava sozinho em seu ninho. Era tão pequenino e franzino como os outros. Carregava em seu corpo penas marrom-claro, quase que idênticas às do abutre. Também tinha uma listra branca que corria por todo o seu corpo, o que lhe diferia dos demais. Ela tinha início na parte inferior de seu olho direito e só encontrava fim quando terminava o torso do pardal.
Naquela manhã, ele resistiu. Se apresentou à frente do abutre, que era um genuíno arranha-céu em frente ao passarinho, como quem se recusa a cumprir uma ordem e desafia o seu algoz. O abutre estufou o peito, na tentativa de intimidar o pardal-espanhol revoltoso. Em vão.
Antes que o abutre pudesse adotar qualquer segunda atitude visando espantar o seu adversário, o pardalzinho o atacou, em um movimento precípite e, acima de tudo, inesperado. O abutre foi lançado para fora do galho pela força da velocidade que o pardal imprimiu e os dois pássaros passaram a brigar no ar. No combate corpo a corpo, o pardal-espanhol compensava a ausência de força com uma agilidade que o abutre não conseguia acompanhar. O abutre se tornara incapaz de usar o seu tamanho e a sua robustez avantajada à seu favor. O inverso aconteceu: a grandeza física do abutre fazia com que ele fosse um alvo fácil de ser atingido por seu rival. A força, meio que o abutre usou para ser condecorado o pássaro-mor hegemônico daquela figueira durante tanto tempo, trazia junto de si a lentidão, o que fazia com que aquela ave, antes tão temida e respeitada por seus subordinados, não conseguisse inibir as investidas do nanico e veloz pardal-espanhol. O pardal nocauteava o abutre várias e várias vezes, mudando de uma direção para outra como uma flecha, antecipando os movimentos tardios de seu inimigo. O contrário não acontecia. Naquele instante, o abutre servia somente de saco de pancadas para o pardal.
A ameaça que a revolta daquele heróico pardal-espanhol representava à soberania do abutre serviu de gatilho para muitos outros pássaros residentes da figueira, também descontentes com a iniquidade daquela dura submissão, que deixaram os seus ninhos para também golpear e bicar o abutre simultaneamente. Em pouco tempo, mais da metade da sociedade de pardais-espanhóis estava ali, lutando por sua plena liberdade. O abutre tentava se defender do bando como podia. Se contorcia, esticando as suas garras freneticamente para todas as direções até o limite de sua flexibilidade, na tentativa de abater um ou outro pardal. Se já era árduo para ele engalfinhar-se com um pardal-espanhol só, guerrear contra um bando inteiro tornava-se insustentável. O abutre debatia-se em gemidos escandalosos de dor, na risível esperança de enxotar todos aqueles incontáveis pássaros para longe de si.
Até que, de tanto que insistiu e esperneou, o carrasco conseguiu prender um de seus êmulos em uma de suas garras - a esquerda. Aquele pardalzinho foi, instantaneamente, neutralizado. As unhas pontudas do abutre, que mais pareciam pequenos punhais, atravessaram a plumagem marrom-clara daquele pequeno pássaro sem lástima nenhuma, perfurando-o exatamente no centro da extensa listra branca que se avultava por todo o seu corpo, peculiaridade que lhe diferenciava de todos os outros pardais. Era ele. O pardal-espanhol rebelde. O motor daquela rebelião. O patrono dos pardais-espanhóis malcontentes com as injustiças cotidianas daquela estalagem. Aquele - o único! - que aceitou com prontidão o perigoso jogo de confrontar o temeroso abutre. Justamente ele, entre as dezenas de pássaros. O destino, perpetuamente muito irônico, pôs-se a rir da infeliz coincidência. O pardalzinho revolucionário era, de modo inegável, muito astuto. Mas nem que tivesse o quádruplo de sua resistência física, seria capaz de sobreviver estando entre as implacáveis garras cortantes do abutre. Ele não teve sequer a chance de lutar por sua supervivência. Os seus órgãos internos foram espremidos. A morte foi instantânea. O cadáver, sem embargo, continuou nos gatázios do abutre, como se fosse um troféu - ou prêmio de consolação - para o impiedoso pássaro-rei.
Os demais pássaros revoltosos, à exemplo de seu recém-falecido condutor, seguiram a bicar o abutre, com cada vez mais violência, como se não fossem meros passarinhos tênues e mansos. Mais pareciam, naquela rebelião, verdadeiros animais selvagens. O bando de pardais-espanhóis era uma máquina de guerra, pronta para esquartejar o seu inimigo a qualquer instante. Era questão de tempo até que o abutre tivesse o mesmo trágico fim do pardal causador de toda aquela anarquia necessária. Do pardalzinho que ele acabara de tirar a vida friamente. O destino, por sua vez, não tardou muito. O abutre já mal tinha forças para para estrebuchar, reconhecendo pouco a pouco o seu melancólico e penoso porvir. E este não podia sequer pleitear a vida por suas habituais injustiças. Todo aquele sofrimento do abutre era íntegro. Merecido. Conveniente. Depois de tanto atazanar os pardais daquela figueira, era a hora do acerto de contas.
Em um movimento descontrolado, um dos pardais-espanhóis mais exaltados em meio àquela calorosa confusão bicou o comprido pescoço do abutre ferozmente, estourando com retidão cirúrgica sua veia jugular. O golpe foi fatal. Morte instantânea. A morte, inegavelmente, é juiz. Se a vida, por muitas vezes, favorece aos maliciosos, a morte, sui generis, jamais falha. Pune a todos, sem distinguir. Um jato de sangue arroxeado jorrou da goela do abutre, manchando com aquela seiva honrosa boa parte dos pardais que estavam em torno do pássaro sucumbido quando a bicada da vitória foi desferida. A revolução dos pardais estava completa. Não havia mais carrasco. Não havia mais verdugo. Não havia mais medo, nem aluguel. Enfim, o abutre libertou o corpo sem vida do passarinho revoltoso de suas garras e, simbolicamente, todos os pardais que integravam aquela sociedade.
O monumental corpo ensanguentado do abutre e o defunto esmagado do pardal-espanhol rebelde caíram lentamente pelo ar, lado a lado. E tocaram o chão exatamente no mesmo instante, fazendo valer, mais uma vez, uma velha máxime da vida: quando o jogo acaba, todas as peças, por mais diferentes que sejam entre si, voltam para a mesma caixa, sem se queixar.
Ele assistiu tudo de camarote.
"É tão estranho. Os bons morrem antes", ele pensou consigo mesmo.
Ele, então, voltou-se para a sua cama. Deu meia-volta, despiu-se dos trapos velhos que usava para dormir e vestiu o seu traje de batalha mais nobre, que levava uma enorme capa vermelho-vinho às costas, que recaía por quase toda sua armadura de ferro medieval, a qual ele também envergou. Sentiu-se, como sempre, mais são portando aquela farda solene. Olhou por intensos segundos para o seu próprio reflexo no espelho que havia em frente à cabeceira, com um ar aristocrata de confiança. Apoderou-se, ademais, de duas espadas que estavam encostadas no pé dianteiro de sua cama. Uma banhada à prata e outra banhada à bronze, tinham a estatura, à grosso modo, moderadamente menor do que uma vassoura comum. De lâmina mais fina e de peso mais leve em comparação com as espadas universais dos templários, colocou suas duas gládias nas bainhas que também carregava em suas costas. Por fim, deixou o seu quartinho amanhado, organizado como nunca, exceto pela tábua desprendida no teto de seu cubículo - aquela amaldiçoada tábua! - fechando a porta amadeirada deste para jamais tornar a abri-la.
O vento, enfim, soprava à seu favor: era tempo de ressureição.
Em um dia, ele acordou como sempre costumava acordar.
De ressaca. Sentia em seu crânio pontadas de dor, que iam e vinham. O cenário ao seu redor denunciava o motivo de seu mal-estar: infinitas garrafas de vinho e de licor vazias em torno dele, além de incontáveis taças douradas, também vazias ou consumidas somente até a metade. Ele despertou em um magnificente trono real dourado, produzido tendo o ouro puro como sua matéria-prima e decorado com jóias preciosas, coloridas e resplandecentes - havia tido o seu sono ali naquela madrugada, sentado. Aquele trono dourado era o ponto mais alto daquele salão. Tanto que, era preciso subir alguns degraus para chegar até ele - não por acaso. A ideia era, de fato, representar o ápice da soberania que um mortal poderia desfrutar. O lugar mais alto que alguém poderia ocupar na pirâmide social.
Ele, com os olhos entreabertos e com os movimentos anormalmente vagarosos, aparentando ainda estar um pouco ébrio, começou a esparramar com as mãos as cartas de baralho que estavam no braço direito do trono real, deixando com que algumas caíssem ao chão. As cartas, espalhadas por todo salão real, retratavam as várias e várias jogatinas e capotes da madrugada anterior, os quais ele mesmo fomentou. Ele havia patrocinado uma farra regada à bebidas alcoólicas caras na madrugada daquele dia, junto de seus companheiros mais íntimos. Por mais uma vez. Os eventos alcoólatras apadrinhados por ele eram corriqueiros, praticamente diários.
Ele seguia espalhando as cartas do baralho, até que uma lhe chamou a atenção. Era um rei. Um rei de espadas. Não era o roupão vermelho do rei, fragmentado em mandalas, que lhe atraía. Muito menos as espadas coloridas que ele segurava em cada uma das mãos. Nem o bigode, nem o cabelo, nem a coroa. O olhar. Os olhos daquele rei eram diferentes dos demais. Eram intimidadores. Transbordavam malícia e davam um sentido maquiavélico àquela carta. De todos os reis do baralho, aquele, sem dúvidas, era o mais perspicaz. O que tinha a maior agudeza de espírito. O mais astuto, talentoso, inteligente e toda e qualquer palavra que remete a um privilegiado intelecto ardil. Ele pegou a carta em suas mãos e apreciou-a por alguns instantes, rindo. Até que, levou o rei de espadas até o braço esquerdo do trono do rei, onde havia uma taça de ouro da noite anterior, cheia de vinho até a metade. E então, mergulhou a carta no vinho, por diversas vezes, repetidamente.
_ Beba, reizinho. Beba. Que, por hora, é o melhor que se faz. O álcool foi inventado pelo homem para suprimir o tédio diário, você sabe bem. As mulheres também vão te distrair com seus corpos, se você assim quiser. Mulheres e bebidas. É por isso que a nossa passagem terrena vale a pena, não? Beber para as mulheres. Beber por causa de mulheres. Beber junto das mulheres. Afinal de contas, o mundo está de braços abertos para te servir. Os miseráveis tem a honra de dividir uma geração contigo, alguém tão genial, tão brilhante, tão divino. É dever deles a solicitude para com você, não acha? Grandes conquistas virão, reizinho. Muito maiores do que qualquer ratazana européia um dia já pôde imaginar. Mas enquanto as glórias ainda não se concretizam, beba. Somente beba. Até desaparecer-lhe o fígado.
Uma voz juvenil, neste momento, cessou o seu delírio abruptamente.
_ Meu rei! Mil perdões por interromper-lhe!
Era um jovem e raquítico soldado. Parecia nervoso por estar em presença de alguém tão importante. Tinha como suas vestes o uniforme-modelo dos cavaleiros da Ordem do Templo, utilizado nas cruzadas do século anterior. Todavia, distinguia-se destes pela tonalidade azul-marinho substituindo a vermelho-sangue e por conter um brasão com a letra "P" no lado esquerdo do peito de sua armadura.
_ Já interrompeu, ora! Por que me solicita o perdão, asno?
_ Então perdoa-me por lhe solicitar o perdão, meu rei, se isto ameniza o meu deslize. Vim somente lhe transmitir um recado da rainha. Ela me pediu para vir lembrar-lhe que está quase na hora de discursar para o povo. A rainha e os membros da elite já estão na sacada do castelo. Sua louvável presença é a única que falta para o início do discurso real.
_ Ah! Claro! Já havia me esquecido. A ressaca me veio mais forte do que o habitual nesta manhã. E se não estivesse tão em cima do horário, queria embriagar-me antes do enunciado. Você já imaginou? Tente imaginar, se o seu retardado intelecto não te impedir. Discursar completamente bêbado! O povo, sem dúvidas, acharia fantástico! O que achas, capacho? Dê-me sua opinião, por mais desprezível que seja.
Enquanto falava, ele levantou-se e desceu os degraus do trono real com dificuldade, cambaleando.
_ É... Seria memoroso! Com toda a certeza!
_ És um bom rapaz, soldadinho. Você é dos meus, eu tinha a pia convicção! Inclusive, acho que a sua figura é a que falta para completar nossas diversões alcoólicas que ocorrem depois do último badalar do sino. O que me diz, meu companheiro? Licor e vinho à vontade depois do horário dos mortos! Está de acordo?
_ Verdadeiramente, meu rei?
O soldado recém-formado olhou para ele com o olhar mais inocente que se pode imaginar.
_ É claro que não, capacho! Onde já se viu? Uma barata do exército imperial feito você em meio aos mais finos nobres! Tira-te as patas do meu salão real, imbecil!
O soldado saiu imediatamente da sala privada do rei, trêmulo. Ele, em todo o tempo com um largo sorriso no rosto, gargalhou de suas próprias anedotas. Ainda assim, a informação que o seu subordinado lhe transmitiu estava correta. Faltavam poucos minutos para o discurso semanal do rei para os seus populares. Era mais um domingo gelado de inverno. Ele seguiu pelos cômodos e corredores do Castelo de Woodyard. Conforme caminhava, escutava um coro uníssono, em êxtase, que se tornava mais forte conforme ele se aproximava da sacada do castelo.
_ Vida longa ao rei! Vida longa ao rei! Vida longa ao rei!
Ele, enfim, chegou até a sacada. O povo ali presente, em frente ao castelo, engrossou ainda mais o hino quando o viu. Com os braços abertos, de aparência amigável e singela, ela acenou para o povo que estava abaixo, como sempre. A rainha, idem, estava ali, sempre à sua direita, ora envolvida pelos braços dele, ora também saudando o público.
_ Bebi o dobro do que você bebeu nesta madrugada, meu amor. E despertei três horas antes de ti. Cômico, não acha?
_ A força feminina! É o que nos mantém no poder!
Sua esposa era uma mulher de quase trinta anos de idade. Os efeitos do tempo, entretanto, inegavelmente eram muito gentis com ela. Aparentava ser dez anos mais jovem. A rainha chamava a atenção, sem sombra de dúvidas, pela beleza física: mulher de corpo esbelto, e de rosto tão atraente quanto.
Ele, enfim, deu início ao pronunciamento real. De cunho populista e com muita convicção em toda frase que proferia, ele exaltou a laicidade de sua monarquia. Alegou que não admitiria, nem por cima do seu cadáver, que a coroa compartilhasse o governo com o Papa. Como o de costume, apontou o dedo para a Igreja Católica, condenando-a pelo massacre estúpido daqueles que ela julgava como infiéis. Posteriormente, reiterou o seu compromisso com as camadas mais baixas da sociedade. Se auto-intitulou como o pai dos pobres. Alegou que reduziria o preço do trigo pela metade. E ganhou ainda mais a simpatia de seus ouvintes quando comunicou que distribuiria pães de forma gratuita em alguns pontos dos vilarejos de seu reino, garantindo o direito básico da alimentação para todos e todas. Penhorou, também, que os soldados, tanto os da elite quanto os do império, seriam valorizados e teriam a sua dignidade garantida. Afinal, segundo ele, na sua visão de governabilidade não existiam reis e capachos. Existiam seres humanos buscando um bem comum. E, finalmente, levantou a sua principal bandeira: garantiu que, enquanto ele tivesse a coroa sobre a sua cabeça, homens e mulheres seriam iguais. Os mesmos direitos. As mesmas funções. Os mesmos papéis na sociedade. Exaltou com as mais fascinantes palavras o arquétipo da mulher independente e empoderada. Discorsou primorosamente durante quase trinta minutos sobre a suma importância da equidade dos sexos em um meio social evoluído.
O povo foi ao delírio, como já era costumeiro no pós-dicurso do rei. O barulho era ensurdecedor. Toda gente gritava o seu nome à todo pulmão, confiando cegamente na benevolência de seu líder. Ele era uma unanimidade entre o povo. Não havia uma alma viva que abrisse a boca para reclamar de sua forma de reinar. De suas ideologias modernas. Era um verdadeiro rei hegemônico. O mais perto que se havia de Deus em solo terreno. Ele, por sua vez, sequer lembrava do que havia dito em seu discurso alguns minutos antes. Sua cabeça estava em outro lugar. Nas nuvens. Só conseguia pensar nas fartas moedas da corrupção caindo sobre suas mãos - que financiavam esbórnias, orgias, bebedeiras e afins suas, da rainha e de seus aliados mais próximos - e no futuro promissor de seu império populista, que em um dia não tão distante haveria de se expandir para os quatro cantos da Europa, em um reinado jamais visto antes na história da humanidade.
Assim que terminou o seu enunciado ao público, em meio aos berros que manifestavam apoio ao seu reinado, ele arregaçou a sua manga esquerda, revelando o mesmo o rei de espadas de outrora, a mesma carta que ele havia embebido no vinho. Ele havia a escondido em seu uniforme imperial quando saiu do salão real.
_ Vês isso, reizinho? Isso não é nada. É um grão de areia perto do império gigantesco que Júpiter te reserva. Terá o mundo aos seus pés, é inevitável. A ordem cósmica quis assim. As próximas maltas vão aprender sobre o seu nome. Sobre tudo que te envolve. E até sobre o seu sabor de licor preferido. E você? Você só deve saber o seu próprio nome. É o que mais importa. Reizinho, é assim que gira o ciclo da vida: manda quem pode, obedece quem tem juízo. E eles tem. Você vê cada vez mais de perto que tem. O universo deve respeito por aquele que já nasceu abençoado. E ninguém vai ser capaz de te impedir, reizinho. Ninguém. Nem mesmo Deus.
Obrigado por ler e aguardo ansiosamente pelo feedback! :)
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2018.07.12 07:22 master_x_2k Interludio VI

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Interludio VI

La mandíbula de Paige le dolía. Ser amordazada como un animal hacia eso.
Las otras ataduras no eran tan molestas, pero eso era solo en un sentido relativo. Sus manos fueron enterradas en un par de cubos de metal reforzado, cada uno lleno con esa maldita espuma de color amarillo pastel. Los cubos estaban unidos detrás de su espalda, con enlaces de cadena cómicamente sobredimensionados. Hubiera sido intolerablemente pesado si no fuera por el gancho en el respaldo de su silla, en el que podía colgar la cadena.
Tiras de metal se habían ajustado justo debajo de sus axilas, cerca de la parte inferior de las costillas, la parte superior de los brazos y la cintura, con dos bandas más alrededor de cada uno de sus tobillos. Las cadenas parecían conectar todo, evitando que moviera los brazos o las piernas más de unos pocos centímetros en cualquier dirección antes de sentir la frustrante resistencia y el tintineo de las cadenas. El collar de metal pesado alrededor de su cuello, lo suficientemente grueso que podría haber sido un neumático para un vehículo pequeño, parpadeaba con una luz verde con la suficiente infrecuencia que olvidaba anticiparlo. Ella se distraía y molestaba por su aparición en su visión periférica cada vez que brillaba.
La ironía era que un par de esposas habrían bastado. No tenía fuerza mejorada, ni trucos para deslizarse fuera de sus restricciones, y no estaba dispuesta a correr de todos modos. Si algo de eso era una posibilidad real, no le habrían permitido entrar en la sala del tribunal. La fiscalía había argumentado que podría haber aumentado su fuerza, que podía ser un riesgo de huida, y su abogado no había hecho un trabajo lo suficientemente bueno para argumentar en contra, así que las restricciones habían continuado. Lo que significaba que estaba atada como Hannibal Lecter, como si ya fuera culpable. Incapaz de usar sus manos, su cabello, el vibrante y sorprendente amarillo de un limón, se había deslizado de donde estaba metido detrás de sus orejas y ahora había hebras colgando frente a su cara. Sabía que solo la hacía parecer más desquiciada, más peligrosa, pero no había nada que pudiera hacer al respecto.
Si hubiera podido, habría tenido un comentario o dos para hacer al respecto, o al menos podría haber pedido al abogado que le arreglara el pelo. Hubiera discutido con el hombre que había sido contratado como su defensa, en lugar de esperar horas o días para responder a cada uno de sus correos electrónicos. Ella habría exigido que se cumplieran sus derechos básicos.
Pero ella no pudo decir nada. Una máscara de cuero reforzada con las mismas tiras de metal que estaban en su cuerpo y una rejilla estilo jaula de pequeñas barras de metal estaba atada a la parte inferior de su cara. El interior de la máscara era lo peor, porque el mecanismo se extendía dentro de su boca, un entramado de alambres manteniendo su boca fija en una posición ligeramente abierta, su lengua presionada con fuerza contra el piso de su boca. El barbárico aparejo dejaba a su mandíbula, su lengua y los músculos de su cuello irradiando tensión y dolor.
“Silencio. Todos de pie, por favor. Esta corte está ahora en sesión, presidiendo el honorable Peter Regan.”
Era tan difícil moverse con las restricciones. Su abogado agarró la cadena que corría entre su axila y su brazo, para ayudarla a ponerse de pie, pero ella tropezó de todos modos, chocó contra la mesa. No había forma de ser elegante cuando usabas restricciones que pesaban la mitad que tú.
“Señoras y señores del jurado, ¿han llegado a un veredicto?”
“Lo hicimos, su señoría.”
Paige vio como el empleado le entregaba el sobre al juez.
“En lo que respecta al estado de Massachusetts versus Paige Mcabee, en cuanto al cargo de intento de asesinato, ¿cómo la encuentran?”
“No culpable, su señoría.”
Paige se relajó un poco con alivio.
“En lo que respecta al estado de Massachusetts versus Paige Mcabee, en cuanto al cargo de asalto agravado con habilidad parahumana, ¿cómo la encuentran?”
“Culpable, su señoría.”
Paige negó con la cabeza lo mejor que pudo. ¡No! ¡Esto no era justo!
Ella casi se perdió la siguiente línea. “... agresión sexual con una habilidad parahumana, ¿cómo la encuentran?”
“Culpable, su señoría.”
Asalto sexual. Las palabras le helaron la sangre. No fue así.
“¿Es este su veredicto?”
“Sí, su señoría.”
“Paige Mcabee, por favor dirija su atención hacia mí”, dijo el juez.
Ella lo hizo, con los ojos muy abiertos, con la boca abierta.
“Determinar la sentencia para este caso no es fácil. Como su abogado sin duda le ha informado, usted cae bajo el alcance del ATCP, la norma de las tres condenas.[1] A la edad de veintitrés años, no has sido declarada culpable de ningún delito anterior.
“Según los testigos escuchados en este tribunal, primero demostró sus habilidades a principios de 2009. Usted fue explicita en no querer ser miembro del Protectorado, pero también expresó su desinterés por una vida delictiva. Este estado, en el que un individuo no se identifica como héroe o villano, es lo que el ERP clasifica como un ‘renegado’.”
“Nos interesa promover la existencia de renegados, ya que la proporción de parahumanos en nuestra sociedad aumenta lentamente. Muchos renegados no causan enfrentamientos, ni buscan intervenir en ellos. En cambio, la mayoría de estos individuos vuelven sus habilidades al uso práctico. Esto significa menos conflicto, y esto sirve al mejoramiento de la sociedad. Estos sentimientos reflejan los que usted expresó a su familia y amigos, como escuchamos en este tribunal en las últimas semanas.”
“Esos hechos están a tu favor. Lamentablemente, el resto de los hechos no lo están. Entienda, señorita Mcabee, que nuestra nación usa el encarcelamiento por varias razones. Nuestro objetivo es eliminar a las personas peligrosas de la población y lo hacemos de manera punitiva, tanto por justicia contra los transgresores como para desalentar a otros delincuentes.”
“Cada uno de estos se aplica en su caso. No es solo la naturaleza atroz del crimen lo que debe considerarse con la sentencia, sino el hecho de que se realizó con un poder. Las leyes son aún nuevas frente a la criminalidad parahumana. Tomamos conciencia de nuevos poderes semanalmente, la mayoría de los cuales, si no todos, merecen atención cuidadosa e individual con respecto a la ley. En muchos de estos casos, hay poco o ningún precedente al que recurrir. Como tal, los tribunales se ven obligados a adaptarse continuamente, a ser proactivos e inventivos frente a las nuevas circunstancias que introducen las habilidades parahumanas.”
“Es con todo esto en mente que considero su sentencia. Debo proteger al público, no solo de ti, sino de otros parahumanos que podrían considerar hacer lo que tú hiciste. Colocarte en detención estándar resulta problemático y exorbitantemente costoso. Sería inhumano y dañino para su cuerpo mantenerla bajo restricción mientras dure su encarcelamiento. Deben organizarse instalaciones especiales, personal y contramedidas para mantenerla aislado de otros reclusos. Usted plantea un riesgo de fuga significativo. Finalmente, la posibilidad de que usted reingrese a la sociedad, por escape o libertad bajo palabra, es particularmente preocupante, dada la posibilidad de una ofensa repetida.”
“Es con esto en mente que he decidido que hay motivos suficientes para condenarla fuera del alcance del ATCP. Culpable de dos cargos, la acusada, Paige Mcabee, es sentenciada a encarcelamiento indefinido dentro del Centro de Contención Parahumana Baumann.”
La Pajarera.
El ruido en la sala del tribunal era ensordecedor. Un rugido de vítores y abucheos, movimiento, gente de pie, periodistas presionando para ser los primeros en salir. Solo que Paige parecía estar quieta. Fría, congelada en horror absoluto.
Si hubiera podido, ese podría haber sido el momento en que perdía el control. Ella habría gritado su inocencia, le habría dado un ataque, incluso habría dado algunos golpes. ¿Qué tenía ella que perder? Esa sentencia era poco mejor que una ejecución. Algunos dirían que era peor. No habría escapatoria, ni apelaciones, ni libertad condicional. Pasaría el resto de su vida en compañía de monstruos. Con algunas de las personas que estaban encerradas allí, la descripción de ‘monstruo’ era demasiado literal.
Pero ella no pudo. Ella estaba atada y amordazada. Dos hombres que eran más grandes y más fuertes que ella pusieron sus brazos debajo de sus axilas, prácticamente cargándola fuera de la sala del tribunal. Una tercera persona en uniforme, una mujer corpulenta, caminó rápidamente junto a ellos, preparando una jeringa. El pánico se apoderó de ella, y como ella no tenía forma de expresarlo, de hacer algo al respecto, la histeria solo se agravó, lo que hizo que se sintiera más presa del pánico. Sus pensamientos se disolvieron en una neblina caótica.
Incluso antes de que la jeringa de tranquilizantes fuera hundida en su cuello, Paige Mcabee se desmayó.

Paige se despertó y disfrutó de cinco segundos de paz antes de recordar todo lo que había pasado. La realidad la golpeó como un chorro de agua fría en la cara, algo literalmente. Abrió los ojos, pero los encontró secos, el mundo demasiado brillante para enfocarse. El resto de ella estaba húmedo, mojado. Gotas de agua corrían por su rostro.
Trató de moverse, y no pudo. Era como si algo pesado hubiera sido amontonado encima de ella. La parálisis la aterrorizó. Paige nunca había soportado ser incapaz de moverse. Cuando se fue a acampar cuando era niña, había preferido dejar su saco de dormir abierto y tener frío en vez de estar confinada dentro de él.
Era esa espuma, se dio cuenta. Las restricciones no fueron suficientes, le rociaron con esa cosa para asegurarse de que todo debajo de sus hombros estaba cubierto. Cedía un poco para permitirle exhalar, incluso podía mover los brazos y las piernas un poco, inclinarse en cualquier dirección. Sin embargo, cuanto más empujaba, más resistencia había. En el momento en que ella detuvo sus esfuerzos, todo volvió a la misma posición con el tirón elástico de la espuma. Sintió náuseas en el estómago, el latido de su corazón se aceleró. Su respiración se incrementó, pero la máscara hizo que incluso su respiración se sintiera confinada. El agua hacía que su máscara se humedeciera, por lo que se pegaba a su boca y nariz. Había ranuras para su nariz y boca, pero era muy poco. No podía tomar una respiración profunda sin llevar agua a la boca, y con la lengua presionada contra su mandíbula, no podía tragar fácilmente.
La habitación se tambaleó, y tuvo que detenerse antes de perder el desayuno. Si vomitaba con la máscara ella podría ahogarse. Débilmente se dio cuenta de dónde estaba. Un vehículo. Un camión. Había pasado por un bache.
Sabía a dónde estaba llevándola. Pero si no podía liberarse, iba a perder la cabeza antes de llegar allí.
“El pajarito está despierto”, una chica habló, con un toque de acento nasal de Boston.
“Mmm.” Un hombre gruñó.
Paige sabía que la referencia a un ‘pájaro’ se debía a las plumas sueltas que sobresalían de su cuero cabelludo. Sus poderes habían venido con algunos cambios cosméticos extremadamente menores, convirtiendo su cabello en el amarillo brillante de un plátano o un pato bebé. Afectó todo el pelo de su cuerpo, incluso las pestañas, las cejas y los finos vellos de los brazos. Las plumas habían comenzado a crecer un año atrás, exactamente el mismo tono que su cabello, solo un puñado a la vez. Al principio, alarmada y avergonzada, ella las había cortado. Una vez que se dio cuenta de que no estaban ocurriendo más cambios, se relajó y las dejó crecer, incluso las exhibió.
Paige dirigió su atención a las dos personas en el vehículo con ella, contenta por la distracción a su creciente pánico. Tuvo que obligar a sus ojos a permanecer abiertos, por dolorosa que era la luz, esperando a que sus ojos se enfocaran. Sentada en el banco a su lado había una chica de su edad. La chica tenía un aspecto asiático en sus rasgos. Sus ojos, sin embargo, eran de un azul muy pálido, traicionando un poco de herencia occidental. La chica llevaba el mismo overol naranja que Paige, y cada parte de ella, excepto los hombros y la cabeza, estaba cubierta por la espuma blanca amarillenta. Su cabello lacio y negro estaba pegado al cuero cabelludo por la humedad.
El hombre se sentaba en el otro banco. Había más espuma alrededor de él que alrededor de Paige y la otra chica juntas. Para colmo, una jaula de barras de metal rodeaba la espuma, reforzando el aparejo. El hombre también era asiático, no menos de dos metros de altura. Los tatuajes se deslizaban por los lados de su cuello y detrás de sus orejas, en medio de su húmedo cabello negro; Llamas rojas y verdes, y la cabeza de lo que podría haber sido un lagarto o un dragón, dibujado en un estilo oriental. Tenía el ceño fruncido, los ojos ocultos en las sombras, ajeno al chorro interminable de roció que los aspersores en el techo del camión estaban generando.
“Oye, pajarito”, dijo la chica sentada frente a Paige. Ella estaba mirando a Paige como si esos ojos fríos pudieran mirar a través de ella. “Esto es lo que vamos a hacer. Te inclinas hacia la derecha lo más fuerte que puedes, luego te empujas hacia la izquierda en mi señal. Pero sigues mirando hacia la puerta de atrás, ¿de acuerdo?”
Paige miró a su derecha. La puerta trasera del camión parecía una puerta de bóveda. Ella rápidamente miró a la chica asiática. ¿Realmente quería darle la espalda a esta persona?
La chica pareció notar la vacilación de Paige. Ella bajó la voz hasta un siseo que hizo que la piel de Paige se estremeciera. “Hazlo. A menos que realmente quieras arriesgarte ante la posibilidad de que pueda encontrarte en la prisión, si no haces lo que te digo.”
Los ojos de Paige se ensancharon. Este era el tipo de persona con la que la iban a encerrar. Ella sacudió su cabeza.
“Bien, pequeño pajarito. Ahora inclínate hacia tu derecha, mira hacia la puerta.”
Paige lo hizo, forzando su cuerpo para moverse tan cerca de la puerta como pudo.
“¡Y de vuelta!”
Ella se movió hacia el otro lado, con los ojos todavía en la puerta. Algo pesado crujió contra la parte posterior de su cabeza. Trató de alejarse, sentarse derecha de nuevo, pero fue detenida cuando la máscara se enganchó en algo.
Cuando sintió un aliento caliente en la parte posterior de su cuello, supo lo que había enganchado. La otra chica se había agarrado a la correa de la máscara con los dientes. Hubo un tirón, luego la chica perdió el agarre, y las dos fueron empujadas hacia atrás a sus posiciones individuales por la gomosa espuma.
“Mierda”, gruñó la chica, “Otra vez.”
Tomó dos intentos más. En el primero, la correa se liberó de la hebilla. En el segundo, la chica agarró la máscara y tiró. Paige giró su cabeza en dirección a la chica para que la jaula parecida a un chupete en el interior de su boca pudiera liberarse.
Zarcillos de baba se extendieron desde su boca mientras estiraba su mandíbula y su lengua, tratando de tragar apropiadamente. Ella dejó escapar un pequeño gemido cuando la sensación regresó a las partes de su rostro que se habían vuelto entumecidas.
“Dos pweguntash,” balbuceó la chica asiática, sus dientes aun agarrando el cuero de la máscara entre ellos, “¿Túh pohwed?”
Paige tuvo que estirar su mandíbula y su boca un segundo antes de poder hablar, “¿Mi poder? Yo canto. Realmente bien.”
La chica asiática frunció el ceño, “¿Gé mash?”
“Yo... hago que la gente se sienta bien. Cuando toma impulso, puedo afectarlos, alterar sus emociones, hacerlos susceptibles a seguir instrucciones.”
La chica asintió con la cabeza, “¿Eh collah?”
Paige bajó la mirada hacia el collar de metal pesado alrededor de su cuello, “Está preparado para inyectar tranquilizantes en mi cuello si canto o alzo la voz.”
“Okah”, balbuceó la chica, "Toma lah mahcaga.”
“¿Por qué?”
“¡Tomagah!”
Paige asintió. Se apartaron la una de la otra, luego se balancearon, la chica le pasó la máscara. Ella la apretó entre sus dientes, sintiendo su mandíbula dolorida.
“Suelta eso y te invierto la piel”, dijo la chica, “Lung. Oye, ¿Lung? Despierta.”
El hombre sentado frente a ellas levantó un poco la cabeza y abrió los ojos. Tal vez. Paige no podía verlo.
“Sé que es difícil con las cosas que te inyectaron, pero necesito tu poder. Pajarito, inclínate hacia adelante, muéstrale la máscara.”
Paige hizo todo lo posible para empujarse hacia adelante contra la espuma que estaba en capas contra su pecho y su estómago, agarrando la correa en sus dientes, la máscara colgando debajo de su barbilla.
“Necesito que calientes el metal, Lung”, dijo la chica. “Jodidamente caliente.”
Lung negó con la cabeza. Cuando habló, no había acento de Boston en su voz. El acento que estaba allí hacia cortas sus palabras, claramente no era la voz de un hablante nativo de inglés. “El agua. Está demasiado mojado, demasiado frío. Y no puedo verlo bien. Mis ojos no han sanado por completo, y es difícil ver a través de este rocío. No me molestes con esto.”
“Inténtalo , miserable hijo de puta. Fracaso de líder. Es lo mínimo que puedes hacer, después de que una niña te pateo el culo, dos veces.”
“Basta, Bakuda.” Gruñó. Él golpeó su cabeza contra el metal de la pared del camión detrás de él, como para acentuar su declaración.
“¿Qué? No pude escuchar eso”, la chica, Bakuda, sonrió con una pizca de manía en su expresión, “¡Tu voz es demasiado aguda para mi rango de audición! ¡Patético... mestizo... eunuco!”
“¡Basta!” Rugió, golpeando de nuevo su cabeza contra la pared del camión. “¡Te mataré, Bakuda, por estos insultos! Te arrancaré el brazo de tu zócalo y lo meteré-”
“¡¿Enojado?!” lo interrumpió, prácticamente chillando, “¡Bien! ¡Úsalo! Calienta el puto metal. ¡La tira de metal alrededor de los bordes!”
Todavía jadeando por el esfuerzo de gritar, Lung dirigió su atención a la máscara. Paige hizo una mueca ante la explosión de calor en su cara, comenzó a alejarse, pero se detuvo cuando Bakuda habló.
“¡Concéntralo!” Gritó Bakuda, “¡Céntrate en los bordes!”
La radiación de calor cesó, pero Paige se dio cuenta de un olor fuerte y ahumado.
“¡Más caliente! ¡Tan caliente como puedas!”
El olor era demasiado fuerte, demasiado acre. Paige tosió un par de veces, con fuerza, pero no perdió el agarre de la máscara.
“¡Ahora, pajarito! ¡La misma maniobra que antes, pero no la sueltes!”
Paige asintió. Ella se inclinó, luego giró en dirección a Bakuda. Lo que siguió la sorprendió más que cuando Bakuda había mordido la correa de la máscara.
La chica asiática comenzó a atacar salvajemente el metal candente con sus dientes, cavando en él incluso cuando tenían que alejarse. Más suave con el calor, la fina tira de metal se liberó de la máscara misma. El metal que corría a lo largo de la correa cortó el labio de Paige cuando salió. Ella casi-casi-dejó caer la máscara, pero logró chasquear los dientes para atrapar la hebilla en los dientes antes de que pudiera caer al suelo.
Cuando la tira se soltó, Bakuda se echó hacia atrás y sacudió la cabeza a un lado, con fuerza, empalándose en el hombro con un extremo. Ella gritó, y la sangre salió de una de las quemaduras en su boca.
Paige miró a Lung. El hombre enorme no hizo nada, permaneciendo en silencio. Solo miró desapasionadamente cómo el pecho de Bakuda se agitaba con el esfuerzo y el dolor, con la cabeza colgando.
“¿Qué diablos estás haciendo?” Respiró Paige.
"Sin manos, tengo que buscarle la vuelta”, Bakuda jadeó, “De nuevo. Antes de que mi cuerpo se dé cuenta de lo mal que lo estoy lastimando.”
Paige asintió. Ella no estaba dispuesta a discutir con el supervillano que amenazaba con darle vuelta la piel.
Los siguientes intentos no fueron más bonitos ni más fáciles. La segunda tira larga de metal fue liberada y Bakuda también la empaló en su hombro. Las rejillas de metal de las partes exteriores e interiores de la máscara estaban próximas a ser liberadas. A Paige solo le quedaba la parte de cuero de la máscara, las correas y la cubierta que le cubría la boca y la nariz. Al ver a Bakuda equilibrar con cuidado las rejillas de metal en su hombro libre, contra la espuma pegajosa para que no se resbalen, Paige hizo lo mismo con el cuero de la máscara.
“¿Qué hiciste para ser enviada aquí?” Preguntó Paige.
“Lo último que escuché, antes de que perdiéramos el poder en nuestro vecindario, era que el recuento de cadáveres era casi de cincuenta.”
“¿Mataste a cincuenta personas?”
Bakuda sonrió, y no era bonita, con sus labios tan devastados como estaban. “Lastime más, también. Y hubo quienes sufrieron daños cerebrales, uno o dos pudieron haberse vuelto locos homicidas, y sé que un montón fueron congelados en el tiempo por cien años más o menos... se vuelve borroso. El momento cumbre fue la bomba.”
“¿Bomba?” Preguntó Paige, sus ojos se abrieron de par en par.
“Bomba. Dijeron que era tan poderosa como una bomba atómica. Idiotas. Ni siquiera entendían la tecnología detrás de ella. Incultos. Claro, era más o menos igual de poderosa, pero ese ni siquiera era el daño real. Lo más increíble hubiera sido la onda electromagnética que generaba. Borraría cada disco duro, freiría cada placa de circuito para cada pieza de maquinaria en una quinta parte de América. ¿Los efectos de eso? Hubiera sido peor que cualquier bomba atómica.”
Incapaz de siquiera pensar en eso, Paige miró a Lung. “¿Y él?”
“¿Lung? Él es quien me dijo que lo hiciera. El hombre a cargo, es él.”
La cabeza de Lung se movió fraccionalmente, pero con las sombras bajo su frente, Paige no podía decir si él estaba mirando.
“¿Tú?” Bakuda le preguntó a Paige. “¿Qué hiciste para ser enviada aquí?”
“Le dije a mi ex que se fuera a la mierda.”[2]
Hubo una pausa, luego Bakuda comenzó a cacarear. “¿Qué?”
“Es complicado”, Paige miró hacia otro lado y hacia abajo.
“Tienes que explicar, pajarito.”
“Me llamo Paige. Mi nombre artístico era Canary.”
“Ooooh”, habló Bakuda, todavía cacareando un poco mientras agarraba una de las tiras de metal que le atravesaba el hombro y la liberaba. Sosteniéndola entre sus dientes, ella dijo, “Esho no esh bueno. ¿Llamahte Canary en prishion?” [3]
“No tenía la intención de ir a prisión.”
“¿Quiéh la tiede?”
“Quiero decir, ni siquiera soy un supervillano. Mi poder, me hace una cantante fantástica. Ganaba mucho dinero haciéndolo, se hablaba de ofertas discográficas, nos movíamos a escenarios más grandes y mis shows seguían agotando entradas... todo era perfecto.”
Bakuda dejó que la tira bajará de sus dientes hasta que colgaba, luego la maniobró con cuidado hasta que se aferró al extremo izquierdo de la misma. Se inclinó hacia atrás, con la cabeza mirando hacia el techo, mientras deslizaba la otra tira de metal, la que estaba empalada en su hombro, dentro de su boca, así que estaba sosteniendo un extremo de cada tira en su boca. Haciendo una pausa, ella preguntó: “¿Qué pasho?”
Paige negó con la cabeza. Era el testimonio que ella nunca había podido decir en voz alta, en su juicio. “Acababa de terminar mi espectáculo más grande hasta ahora. Dos horas en el escenario, un gran éxito, a la multitud le encantó todo. Hice el cierra y fui al backstage para descansar, tomar un trago y encontré a mi ex. Me dijo que, como él fue quien me empujó a salir al escenario en primer lugar, merecía crédito. Quería la mitad del dinero.” Ella se rió un poco, “Ridículo. Como si sé supusiera que fuera a ignorar el hecho de que me engañó y me dijo que nunca lo lograría de verdad cuando se fue.”
Bakuda asintió. Se apartó de las tiras, donde había logrado atarlas con la apariencia de un nudo. Usó sus dientes para doblar las tiras ahora unidas en forma de L. Con el extremo que no estaba empalado en su hombro ahora en una posición frente a ella, cerró la boca sobre él.
“Nosotros discutimos. Luego le dije que se fuera a la mierda. Se fue, y no lo pensé ni un segundo... hasta que la policía apareció en mi puerta.”
Bakuda apartó su boca del final de la tira. Ella lo había doblado en forma de 'v' suelta. Ella frunció el ceño y luego miró a Paige, “¿Y?”
"Y lo había hecho. S- Supongo que todavía estaba energizada con mi actuación, y los efectos de mi poder todavía estaban potenciando mi voz, o él estaba en la audiencia y se vio muy afectado. Entonces, cuando le dije que se fuera a la mierda, él, um, lo hizo. O lo intentó, y cuando descubrió que no era físicamente posible, se lastimó hasta que...” Paige cerró los ojos por un momento. “Um. No entraré en los detalles.”
“Mmmm, leh pasha por idiota. Oo 'oo” Bakuda alzó las cejas, todavía trabajando la tira de metal dentro de su boca. Se apartó, verificó que el extremo estaba en forma de ‘o’, y luego se agarró las tiras con los dientes para sacarse la cosa de su hombro con un gruñido. Puso el extremo que acababa de retocar contra el banco y deslizó su boca a lo largo del metal, para poder agarrarla del otro lado.
Tomándola con los dientes, volvió su atención a la pared del camión entre ella y Paige. Había cerraduras colocadas a intervalos regulares contra la pared, destinadas a asegurar la cadena de esposas estándar en su lugar, para aquellos que no se rocían con espuma. Ella comenzó a pasar la correa de metal a través del lazo de la cerradura. Las gotas de sudor se mezclaron con el agua que corría por su rostro mientras trabajaba.
El nudo que une las dos correas se atascó en el agujero. Bakuda empujó un poco más fuerte, y lo colocó firmemente en su lugar. La curva en L del metal colocó el asa cerrada de metal en forma de ‘o’ cerca del hombro de Paige.
“¿Alguna posibilidad de que Oni aparezca?” Preguntó Bakuda a Lung.
“Me sorprendería”, retumbó su respuesta.
Ella agarró una de las rejillas de metal en su boca y comenzó a trabajar con sus dientes. Era una sola pieza delgada de metal, doblada y tejida como una malla de eslabones, aunque con una malla más apretada. Ahora que las tiras de metal ya no lo sujetaban con seguridad, Bakuda podía comenzar a desenrollarlo y enderezarlo.
Cuando estuvo casi completamente desenrollado, ella ajustó su mordida y apretó la segunda masa de alambre, la que había estado en la boca de Paige, en sus mandíbulas, amontonándola en un desastre cilíndrico de unos cuatro centímetros de largo y una pulgada de ancho. Todavía mordiéndola, giró su cabeza para que el cable de un metro y medio de longitud apuntara a Lung, a menos de un metro de su rostro. Todavía con la boca alrededor de la maraña de alambre, murmuró: “Necesito punta caliente.”
Lung gruñó, pero hizo lo que le pedía. Cuando la punta estuvo al rojo vivo, Bakuda ajustó rápidamente su agarre, soltando y mordiendo otra vez hasta que la punta estuvo cerca de su boca. Con los labios hacia atrás, ella lo mordió.
“¿Cómo puedes hacer eso?” Paige preguntó: “¿No duele?”
“Ovioh ge duere, eshtupidah”, gruñó Bakuda. Se apartó, lo colocó de manera que el mango quedara contra el banco, con la longitud del alambre pegado a su hombro, y examinó su obra. “Pero el esmalte de los dientes es más duro de lo que piensas.” Escupió una gota de sangre en el piso del camión, luego mordió dos veces más, haciendo una pausa entre las mordidas para girar la longitud del metal con sus dientes, labios y lengua.
Cuando extendió la longitud del cable en dirección a Paige, deslizándolo a través del extremo en forma de ‘o’ de la banda de metal, Paige se dio cuenta de lo que Bakuda había pasado tanto tiempo armando. Ni siquiera necesitó que se le pidiera que se inclinara contra las correas de espuma y levantara el cuello hacia un lado, para poner su collar al alcance del extra largo destornillador improvisado. La tira de metal con el lazo en el extremo servía para sostener la parte más cercana a Paige, por lo que Bakuda podía dirigirla más fácilmente.
No fue un trabajo rápido. Bakuda tuvo que usar los dientes, la mandíbula y un giro de su cabeza para girar el destornillador, y era una tarea ardua recuperarlo si perdía el control sobre él. Diez largos minutos de silencio y gruñidos solo fueron interrumpidos por el sonido de dos tornillos cayendo al banco de metal, antes de que Bakuda se detuviera a descansar y aliviar su mandíbula.
“No podrás hacerla nada a mi collar sin activarlo”, dijo Paige.
“Perra tonta”, murmuró Bakuda, sacando su labio inferior y mirando hacia abajo como si pudiera investigar el grado de daño en sus propios labios. “Soy una experta en bombas. Entiendo detonadores y catalizadores en el mismo nivel fundamental que entiendes caminar y respirar. Puedo visualizar cosas mecánicas de una manera que no podrías con cinco títulos universitarios y cien años. Insúltame así de nuevo y estás muerta.”
Como empujada a probarse a sí misma, agarró el destornillador con los dientes otra vez y se puso a trabajar de nuevo. Arrancó un panel y se reanudó el desenroscado, más profundo en el collar.
Paige dudó en volver a hablar, sabiendo lo fácil que era provocar a la chica, pero el silencio era aplastante. “Supongo que tenemos suerte de que sea un viaje largo, desde Boston a Columbia Británica.”
“Estuviste dormida un tiempo,” Bakuda se apartó del destornillador, hablando en voz baja, como para sí misma. “No tenemos tanto como piensas.”
Paige sintió que algo se liberaba del pesado collar que llevaba al cuello, vio que Bakuda inclinaba el destornillador hacia arriba y deslizaba un tubo de vidrio con algo brillante dentro de la barra de metal. Luego de unos minutos, otra pieza de maquinaria se unió al tubo de vidrio, como si fuera un pincho de alta tecnología.
“Trágico”, habló Bakuda, en su próximo descanso. “Este es un trabajo hermoso. No el ensamblado, eso es una mierda. Es obvio que el Artesano que diseñó esto tenía la intención de que fuera armado por tarados. No tendría tornillos y esas mierdas de lo contrario. Pero la forma en que está diseñado, la forma en que todo encaja... hace que una científica se sienta orgullosa. Odio despedazarlo.”
Paige asintió. Ella no sabía lo suficiente sobre ese tipo de cosas para arriesgarse a comentar. Por aterradora como era esta situación, por curiosa que fuera, sentía el efecto persistente del tranquilizante en su sistema, un aburrimiento abrumador.
Ella cerró los ojos.
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2013.07.20 18:14 all1ed My grandparent died a week ago, and I wanted to share with you what he left for my family. (It´s originally written in spanish, and I translated it. Both versions are right there.)

I just want people to read it. It would mean a lot to me.. I translated it to english. Both Spanish and english versions are below:
English:
I hand to you my legacy of teachings
My name is Miguel Socías Muñoz, Chilean writer, and an accountant. I propose to present a complaint against a Mexican magazine, which victimized me because of an omission that was inexplicable.
A list of the richest people was published. Unfortunately, I´m not there. Yes, Sebastián Piñera, Queen Isabel from England and some others appear on it. However, I´m not mentioned in that magazine. I am a rich man. Immensely rich. If you don´t believe me, I invite you to judge me. I´m somewhat healthy because I´m in a marvelous family. My wife Gloria, which I´ve loved since the first time she saw me, with her beautiful green eyes, in our constant walking through life. She´s so adorable, that giving me her life, I got the best part of mine; 3 marvelous children, of those I haven´t received anything but happiness and 8 grandsons which make me perform a new and joyful parenthood when they allow me. I have 4 sisters, whom I share my life with and I also have lodge brothers whom I respect despite my defects. I have some readers, which I thank for reading right what I´ve written wrong. I have an apartment at Viña del Mar , in which I have lots of books. Gloria my beloved wife would say that I have a lots of books and an apartment among them.
I have, in the place that I live, a little orchard, a little piece of world. Every year I get one avocado out of it. However, this year it hasn´t bear its fruit, and I haven´t been able to stop thinking that this year I wont be able to eat 100% of it´s production. I also have a Jazmin as an eternal reminder of my grandmother Estela. Finally, I have eyes that see a little bit, ears that listen only what I want and only when I want to hear according to some; feet that walk a little bit, not enough my beloved Gloria would say. I would answer that I can´t walk up. The city that I live is routed to the heights.Moreover, I have hand that have learned how to caress, lips that only kiss you, my beloved wife, and now, because of her teachings, have learned to kiss sons and grandsons. I thank you for that and everything else. I also have a brain that thinks stuff that others have already thought of, but I hadn´t.
I´m owner of the normal heritage of man: Happiness to enjoy life and hardship to sympathize the ones that suffer. I have faith in the Great Arquitect of the Universe.
I ask all of you: Does greater richness exist compared with what I have? I have to demand that Mexican magazine, because it didn’t put me on the list of the richest people in the planet. How are you considered? Rich or poor! There are people that are poor. So poor, that the only thing they have is: Money.
Miguel Socías Muñoz. R.I.P.
Español (original):
 LES ENTREGO MI TESTAMENTO DE ENSEÑANZAS 
Me llamo Miguel Socías Muñoz, escritor Chileno- Español de poca monta, y Contador por oficio y necesidad, me propongo presentar una demanda a una revista mexicana, la cual me victimizó días atrás por una omisión que para mi resultó inexplicable.
Se publicó en ella una lista donde se señalaban los hombres más ricos del planeta, desgraciadamente en ese catálogo, no aparezco yo. Si, están en ella: algunos sultanes, Sebastián Piñera, La Reina Isabel de Inglaterra y varios otros menos conocidos. Sin embargo, a mi no me mencionan en esa revista. Y, por lo pronto, soy un hombre rico. Inmensamente rico. Y si no lo creen, los invito a juzgarme. Tengo algo de vida y de salud que conservo gracias a que estoy dentro de una maravillosa familia. Mi esposa Gloria, muy amada desde que me oteo, con esos sus hermosos ojos verdes, en nuestro caminar desde ese instante por la vida y es tan adorable que, al entregarme su vida, me dio lo mejor de la mía; 3 Hijos maravillosos, de quienes no he recibido nada más que felicidad. 8 nietos, con los cuales ejerzo una nueva y gozosa paternidad cuando me dejan. Tengo hermanas carnales con las cuales comparto la vida y además tengo Hermanos de Logia a los que respeto con sinceridad a pesar de mis defectos y que estimo a pesar de esos mismos defectos míos. Tengo algunos lectores, a los que les doy las gracias, porque leen bien lo que yo escribo mal. Tengo un departamento en la ciudad de Viña del Mar y en él muchos libros. Gloria mi amada esposa diría que tengo muchos libros y entre ellos un departamento.
Tengo en el lugar donde vivo, en forma de un huerto, un pedacito del mundo, que cada año me da una palta, sin embargo este año no me ha dado su fruto, y no he podido dejar de pensar que este año, no me podré comer el 100% de la producción. También tengo un jazmín como un eterno recordatorio de mi abuela Estela. Soy entre otras cosas Español de Granada.
Finalmente, tengo ojos que algo ven, como oídos que también escuchan, según algunos, cuando yo quiero y lo que quiero oir; tengo boca que no deja hablar a los demás, pues siempre estoy interrumpiendo; pies que algo caminan, no lo suficiente diría Gloria mi amada, yo podría responderles que no puedo hacerlo hacia arriba, ya que ésta, donde vivo, es una ciudad que se encamina hacia las alturas; por otra parte, tengo manos que han aprendido a acariciar , labios que sólo te besaban amada mía a ti, y que ahora, por ser una de tus enseñanzas, entre otras muchas y muy buenas, han aprendido a besar a los hijos y nietos, te doy las gracias por todo ello y por todo demás que me suceda diariamente. Además tengo un cerebro que piensa cosas que a otros se les habían ocurrido ya, pero que a mi no se me habían ocurrido nunca.
Soy dueño de la común herencia de los hombres: alegrías para disfrutarlas y penas para hermanarme a los que sufren. Y tengo fe en el Gran Arquitecto del Universo, que guarda para mi infinidad y trascendencia. Entonces les pregunto: ¿Pueden existir mayores riquezas que las mías?.Debo demandar a esa revista mexicana, porque no me puso en la lista de los hombres más ricos del planeta.
¿Y a ti, cómo te consideran? ¡Rico o pobre! Fíjense que hay gente pobre, pero tan pobre, que lo único que tienen es: Dinero.
Miguel Socías Muñoz
R.I.P.
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